Del cielo a los andenes
Viajo en tren por primera vez. Mamá me da la mano, la aprieta un poco. La estación se llama Lisandro de la Torre, lo ha repetido toda la mañana. Cuidado, me dice. También lo ha repetido toda la mañana, desde que salimos de casa. Mamá es una mujer joven menos para mí, que a mis cuatro años se agiganta desde donde yo la veo. Usa unas polleras con vuelo y un cinturón muy ajustado que acomoda a cada rato. La hebilla se ladea y no queda elegante. Sé que es una mujer por el cuerpo y porque pregunto y me explica. Yo siempre pregunto y los adultos que me rodean me explican como pueden. A veces intentan callarme, pero yo sigo preguntando con los ojos. Y las preguntas que hacen los ojos tienen otro poder sobre la gente. La estación a mediodía está llena de un sol que me alegra. Hay mucha gente en el andén. Mamá, de vez en cuando, aprieta mi mano y la sostiene, como si quisiera decirme algo. Yo pienso “ahora quiere que me quede quieta”, o “ahora tiene miedo de que me caiga a las vías”, o “ah...