Del cielo a los andenes
Viajo en tren por primera vez.
Mamá me da la mano, la aprieta un poco. La estación se llama Lisandro de la Torre, lo ha repetido toda la mañana. Cuidado, me dice. También lo ha repetido toda la mañana, desde que salimos de casa.
Mamá es una mujer joven menos para mí, que a mis cuatro años se agiganta desde donde yo la veo. Usa unas polleras con vuelo y un cinturón muy ajustado que acomoda a cada rato. La hebilla se ladea y no queda elegante.
Sé que es una mujer por el cuerpo y porque pregunto y me explica. Yo siempre pregunto y los adultos que me rodean me explican como pueden. A veces intentan callarme, pero yo sigo preguntando con los ojos. Y las preguntas que hacen los ojos tienen otro poder sobre la gente.
La estación a mediodía está llena de un sol que me alegra. Hay mucha gente en el andén. Mamá, de vez en cuando, aprieta mi mano y la sostiene, como si quisiera decirme algo. Yo pienso “ahora quiere que me quede quieta”, o “ahora tiene miedo de que me caiga a las vías”, o “ahora cree que alguien me va a llevar”.
Pero me parece que ese pulso sigue el ritmo de la música que oímos en el altoparlante de la estación. Me doy cuenta de que yo muevo el pie al mismo tiempo que la canción y que la mano de mi mamá, que me aprieta y me suelta, aprieta y suelta, “El orangután y la orangutana…”.
Le digo que es una canción del Club del Clan y ella me mira. Se sonríe y me dice que “cierto, tenés razón”. Es linda mi mamá cuando me sonríe.
Llega el tren gris a la estación y a mí un poco me da miedo. Toca una bocina muchísimo más fuerte que la del auto de papá y me hace pegar un saltito. Mamá me aprieta la mano un poco más fuerte y la gente da un paso atrás. Pienso que todos tienen un poco de miedo.
Subimos por una puerta doble que se abre sola, que tiene un vidrio muy grueso y goma como de burlete de heladera entre las dos hojas que se cierran y rebotan un poco cuando estamos adentro del vagón.
Los asientos son de color verde oscuro y se pueden dar vuelta para que miremos hacia adelante, hacia donde va el tren, me explica mi mamá.
No hay mucha gente. Un poco lejos de la puerta elegimos uno y yo corro a sentarme al lado de la ventanilla. Por las dudas la miro a mi mamá para asegurarme de que hice lo correcto y ella me sonríe. Me gusta todo lo que pasa.
El tren se pone en marcha, un señor grita que vende algo; otro lleva una pila enorme de diarios sujetos por una correa de cuero cruzada en bandolera. Al poco tiempo el tren se detiene en otro andén parecido al que estábamos con mamá hace un rato. Entra más gente. Señoras con nenas y nenes de la mano, señores con diarios bajo el brazo, chicas con libros. Vuelven a cerrarse las puertas que rebotan y me fascina poder predecir lo que pasará en poco tiempo: otro andén, otra gente que sube, gente que baja, y nadie se cae por el hueco que queda entre la estación y el tren.
“¿Te gusta?” me pregunta una señora sentada en frente de nosotras. Le digo que sí con la cabeza y me arreglo el vestidito. Quiero que me diga algo de mi vestidito celeste, mis zoquetes y los zapatos Guillermina blancos. En cambio la mira a mi mamá y le dice “qué preciosura”. Mi mamá me mira a mí, contenta, y me arregla más el vestidito. Me lo hizo ella y yo creo que también quería que la señora dijera algo de él.
Sigo mirando por la ventanilla gigante, pero esta vez el tren emprende un recorrido más largo. Veo otros paisajes, está más alto, como en un puente. Se ven calles y autos desde arriba.
Un poco más y baja la velocidad como si quisiera ir con cuidado. Hay una montaña de tierra un poco más abajo y alambres de púa. Después unos charcos de barro y casitas como de cartón, o tela, o papel, o plástico. Hay chicos que corren. Veo salir un nene de adentro de esa especie de carpa. El tren pasa muy lento y muy cerca. El nene corre hacia el tren, lleno de barro. Veo que está descalzo. Dos nenas sucias y despeinadas chapotean dándole la mano a un bebé que recién camina, como mi hermanito. Ven el tren y al nene que corre y arrastran al nenito para acercarse. El bebé se ríe, hamacado por las nenas que lo llevan en el aire. Llegan al alambrado y se ponen uno al lado del otro, agarrándose del tejido. El tren pasa cada vez más lento pero no hay ningún andén a la vista.
El nene más grande, con el pantalón roto, la camisa sucia apretada y abierta, un poco trepado a los alambres, de pronto me ve. Yo lo miro. Nos seguimos con la vista el largo rato que se toma el tren en atravesar esos metros que necesita como para tomar velocidad. Las nenas dicen adiós con sus manitos. Yo no puedo. No sé por qué esta vez no puedo.
“¿Qué es eso, mamá?” pregunto. Yo debo haber señalado con los ojos, porque ella se asoma por encima de mi hombro y ve el paisaje que va quedando atrás, lento, lento.
“Es gente humilde, hija. Gente pobre”
Bajamos en la siguiente estación, pero yo ya no estoy. Se esfuma el recuerdo tras una nube gris.
Nunca más la vida fue igual para mí. Aquél vestidito, mi casa, mi hermano menor, el televisor en el que miraba el Club del Clan con mi mamá, la comida que servíamos en la mesa, el café con leche de la merienda, el sifón de vidrio que papá sacaba de la heladera… A partir de ese día, fue todo lo que esos chicos no tenían.
El tiempo pasó y vinieron muchos viajes en tren, la facultad, mucha música de andenes y programas en colores. Las manitos de mis hijos me recordaron muchas veces la mía entre las de una madre que se fue haciendo cada vez menos joven.
Pero aquélla mirada pobre en el reflejo imposible de mi infancia, volvió como un rayo el día que, preparando el repertorio de una presentación, escuché por primera vez la canción de Chico y Vinicius: Gente Humilde.
Se la dediqué a ese momento, a esa niña que fui, a la mamá joven que me reveló ese costado de la vida del que me había mantenido lejos para que no sufriera desde tan temprano. Pero el mundo es inevitable para cualquiera que viaje en tren y, un día, se decida a mirar por la ventanilla.
“… e aí me da uma tristeza no meu peito
feito um despeito de eu nao ter como lutar
e eu que nao creio
peco a Deus por mina gente
é gente humilde
que vontade de chorar”
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