Felicidades

Un día te decidís a ordenar. No me refiero a los grandes emprendimientos que se llevan puestos placares, cajones, estantes y bibliotecas. Es más, después de esas epopeyas, uno queda como agotado de haber tenido que decidir tanto. No nos gusta decidir, y si llegamos hasta aquí es por no haberlo hecho antes, a cuentagotas, como corresponde. Me refiero a corpiños sin elástico que duermen el sueño de los justos allá en el fondo,  medias sin par atadas esperando el milagro y jeans dos talles menos, ídem.

Tal vez años después de pasar por muchos de esos órdenes sin progreso, sentados como yo esperando la respuesta a un whatsapp sobre la confirmación de un horario, reaparece la cajita. O dos o tres, de esas que están de adorno entre otros objetos a los que sólo limpiás de vez en cuando. Cajitas siempre cerradas.

Yo conseguí un pequeñísimo plumero. De plumas tan suaves y blancas que parecen alas de ángel. Pasa por encima de esos pequeños objetos sin moverlos siquiera y retira el polvo acumulado de los días. Así que ya no recuerdo siquiera lo que pesan.

Pero como quien no quiere la cosa un día estás sólo esperando. Y si a eso le sumás una curiosidad repentina, te olvidás de Pandora y entonces, las abrís.


Reloj sin pilas que te regaló tu mamá cuando te recibiste.

Tarjeta de amiga cuando se dedicaba a pintar y no tenía laburo.

Foto recortada de la primer matrícula profesional, sin una arruga.

Nota de mi hija menor avisándome que cerró la llave de paso del calefón porque se apagó el piloto, terminada en “gracias por tu amor”.

Señalador con dedicatoria de otra hija que me agradecía haberle regalado el placer de la lectura.

Nota de  marido pidiendo perdón.

Carta de ex marido contando lo feliz que habíamos sido juntos.

Pin de Cuba, país al que no fui.

Recorte amarillo de una columna con un texto de Clarice Lispector.

Dibujo a dos rayas de color de mi hijo más chico.

Dedicatoria en papel rosa por un aniversario que no tiene fecha.

Hoja doblada en cuatro con flores y bocas y corazones dibujados y la firma de mis cinco hijos, incluyendo el garabato del bebé.

Hebilla, gomitas para atar, protector labial de farmacity.


Pero ahí donde todos esperan de fondo “Aquellas pequeñas cosas” de Serrat, a mí me pasa algo diferente. Una especie de alegría extraña, de felicidad de mí misma por haber guardado todo eso en  cajitas a las que no he tocado al menos en diez años.

Una verdad resguardada de la violencia de los días.Una yo que no soy yo y que se alegra de eso, de haberlo sido, de ya no serlo pero no sentir ni la más mínima tristeza ni nostalgia.

Qué agradable sorpresa. Qué linda la vida que tengo. También.Un día te decidís a ordenar. No me refiero a los grandes emprendimientos que se llevan puestos placares, cajones, estantes y bibliotecas. Es más, después de esas epopeyas, uno queda como agotado de haber tenido que decidir tanto. No nos gusta decidir, y si llegamos hasta aquí es por no haberlo hecho antes, a cuentagotas, como corresponde. Me refiero a corpiños sin elástico que duermen el sueño de los justos allá en el fondo,  medias sin par atadas esperando el milagro y jeans dos talles menos, ídem.

Tal vez años después de pasar por muchos de esos órdenes sin progreso, sentados como yo esperando la respuesta a un whatsapp sobre la confirmación de un horario, reaparece la cajita. O dos o tres, de esas que están de adorno entre otros objetos a los que sólo limpiás de vez en cuando. Cajitas siempre cerradas.

Yo conseguí un pequeñísimo plumero. De plumas tan suaves y blancas que parecen alas de ángel. Pasa por encima de esos pequeños objetos sin moverlos siquiera y retira el polvo acumulado de los días. Así que ya no recuerdo siquiera lo que pesan.

Pero como quien no quiere la cosa un día estás sólo esperando. Y si a eso le sumás una curiosidad repentina, te olvidás de Pandora y entonces, las abrís.


Reloj sin pilas que te regaló tu mamá cuando te recibiste.

Tarjeta de amiga cuando se dedicaba a pintar y no tenía laburo.

Foto recortada de la primer matrícula profesional, sin una arruga.

Nota de mi hija menor avisándome que cerró la llave de paso del calefón porque se apagó el piloto, terminada en “gracias por tu amor”.

Señalador con dedicatoria de otra hija que me agradecía haberle regalado el placer de la lectura.

Nota de  marido pidiendo perdón.

Carta de ex marido contando lo feliz que habíamos sido juntos.

Pin de Cuba, país al que no fui.

Recorte amarillo de una columna con un texto de Clarice Lispector.

Dibujo a dos rayas de color de mi hijo más chico.

Dedicatoria en papel rosa por un aniversario que no tiene fecha.

Hoja doblada en cuatro con flores y bocas y corazones dibujados y la firma de mis cinco hijos, incluyendo el garabato del bebé.

Hebilla, gomitas para atar, protector labial de farmacity.


Pero ahí donde todos esperan de fondo “Aquellas pequeñas cosas” de Serrat, a mí me pasa algo diferente. Una especie de alegría extraña, de felicidad de mí misma por haber guardado todo eso en  cajitas a las que no he tocado al menos en diez años.

Una verdad resguardada de la violencia de los días.Una yo que no soy yo y que se alegra de eso, de haberlo sido, de ya no serlo pero no sentir ni la más mínima tristeza ni nostalgia.

Qué agradable sorpresa. Qué linda la vida que tengo. También.



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