Hijas

Me sucede cada tanto, como hoy, en que se me ocurre pensar que tal vez muera pronto

Este pensamiento aparentemente macabro, termina siendo una práctica saludable, que me pone frente a la imperiosa necesidad de decidir imaginar, contar y, sobre todo, escribir. Una de tantas formas de usar el tiempo que nos queda, que nunca sabemos cuánto es.

En este momento, por ejemplo, se me ocurre que es absolutamente necesario mandar una carta a cada una de mis dos hijas que relate lo que siento, pienso, imagino, y aún sentí, pensé, e imaginé,y tal vez hasta lo que sé de cada una. Se la daría invirtiendo destinatario y receptor. O sea: a una le enviaría el relato sobre la otra y pedirles, como consigna, que no la abrieran hasta que yo me muriera. Y que después de leerla se la dieran a la otra.

Yo también quedo condicionada a escribir pensando en las dos simultáneamente y pasar por la experiencia de hacerlo sobre una pensando en que la primera lectora será la otra.  Y además la protagonista del mismo es aquella con quien hubo pasiones de lo más variadas, entre las cuales los celos casi me atrevería a decir que fue un sentimiento menor. Puedo imaginar no mucho más que sus caras al recibirlas y algún que otro gesto de enojo ante la consigna al entregársela. Pero después, y ante el pedido de realizarla después de mi muerte,  imagino en ellas un poco de comprensión y hasta perdón. Después  las veo leyendo y generando en ellas,  a través del relato, sensaciones que tal vez enfrentarían por primera vez , sin atreverse aún a despertar los recuerdos de sus tiernos odios de infancia. Tal vez no logren apaciguarlos del todo.  

También pienso que les servirá para conocer un poco más a la madre que fui y que nunca conocieron, y encuentren algo relevante para modificar la versión de su propia historia. O para confirmarla. 

Ninguna de las dos sabría de la existencia de ese escrito y la consigna, así que tal vez pensarán que he escrito solo sobre la otra. Y como el pedido será que la lean cinco días después de mi muerte, y la entreguen al sexto, recién así conocerán la reciprocidad. En el momento del intercambio.

Las imagino juntas ante unos mates o algún tecito de hierbas con, quién sabe, alguna cosita para comer que no probarán aún por la tristeza. Porque puede que aunque no me quisieran tanto aún  sientan esa ausencia que agujerea la vida como un lienzo quemado por una chispa.

Tal vez lean alli mismo la carta intercambiada, eso lo dejo a su elección. 

Me río al pensar que una madre no puede dejar tranquilos a sus hijos ni aún después de muerta, y descarté totalmente entonces la operación.

Mejor será que deje escrito todo lo que quiera sobre cada una en algo así como mi diario íntimo, lo cual no estaría exento de que por casualidad, algún día, llegarán a encontrarlo cuando tengan que decidir qué hacer con las que fueron mis cosas. 

Porque al fin y al cabo ese ejercicio de escritura, como todo lo humano y sus intenciones, podría servir para algo que consideramos bueno y, sin solución de continuidad, convertirse en algo con lo que moralmente no estamos de acuerdo.

La intención de incidir en los recuerdos y más aún en la relación que pudieran tener a partir de allí sin estar yo presente, tal vez no tenga otra intención más que lograr que no peleen furiosamente por una bombacha o unas medias y se den cuenta de que se aman. O sea, lo único que me preocupó como madre en vida de mí.

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