Luis
Luis es enorme y flaco. Tiene pelo crespo,de esos que llaman mota.
No sé si estoy de acuerdo con él, pero sé que lo quiero. Porque no se esmera en que lo quieran. Entonces, quererlo se vuelve natural, sin esfuerzo.
A veces nos peleamos.
Hay una especie de rivalidad en las ideas. O en cómo nos miran los otros cuando hablamos. A él, siento, lo escuchan más porque es hombre y porque es alto.
Pienso en lo ridículo de ese pensamiento y me río.
Él suele preguntar por qué me río con la mirada y la sonrisa, siempre desde lejos, porque no nos sentamos cerca. Hay un campo eléctrico que nos separa. También me río de esa idea.
Casi siempre nos reunimos los sábados a la tarde con todo el grupo y él toca la guitarra. también canta y compone, me entero. Los varones del grupo lo admiran y muchas chicas lo aman, pero me doy cuenta de que es como una admiración, una reverencia.
Pienso que es casi un sacerdote. Me río porque mi padre también también lo fue. Sé que usó sotana.
Luis no. Sus hábitos no se veían, se percibían cuando se paraba, se acercaba, ponía la mano en el hombro de alguien y lo miraba a los ojos para preguntarle cómo estaba.
Eso no es común. Tenía diez y siete años. Yo creo que era así por ser tan alto. Como quien tiene una conexión secreta y cercana con el cielo.
Cada tanto me gusta pelearme con él sin que se dé cuenta. Pasa como chiste pero a él lo enoja. Me encanta que no le guste, porque entonces verifico una vez más que no le soy indiferente, aunque más no sea porque molesto.
Una mañana nos encuentra para alguna de esas actividades de reflexión que encubren las ganas de darle cauce a nuestras hormonas activadas. Somos un grupo bastante grande. Hoy pienso que es raro haber vivido aquellos años rodeada de amigos hombres, en su mayoría. Colegio de varones.
Este día es tan brillante y feliz porque el sol salió muy temprano, y no hace calor y se ve el patio vacío por las ventanas enrejadas y las puertas abiertas, que yo me entusiasmo de más.
Y entre mis pocos años y esa espuma exagerada del ánimo, las discusiones que parecen chistes terminan en una frase tonta que escribo en el pizarrón, donde siempre se escriben frases tontas. “Luis boludo”.
Hay algunas risas. Yo lo miro y le saco la lengua, para que sepa que no puedo terminar dignamente mis argumentos y acudo al recurso fácil de la frase enojosa.
Tres pasos le llevó llegar al pizarrón desde el fondo del aula. Ya dije que era muy alto y tenía piernas enormes, y entonces era flaco y ágil.
Yo me siento en el primer banco, con la burla en la sonrisa, divertida del juego.
Y ahí aparece ese genio feroz y religioso que lo hace escribir, para saldar el momento y generar la carcajada : “Gloria mano chica”.
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