Mañana podrías sentir un arrepentimiento insoportable

A ella, a Raquel, le gusta su peinado. Desde su viudez,ha podido conservarlo sin problemas, ya que puede dormir con ruleros,sin disgustar a nadie.

A ella, a Raquel, le gusta su estudio, su mesa de trabajo, el desorden perfecto del que se rodea cada tarde, cuando se sienta frente a los papeles.

A ella, a Raquel, le gusta tomar alcohol. Whisky, preferentemente. Desde su viudez, hace seis años,  se decidió a probar una bebida cada día, sin haber consumido nunca más que alguna Seven up con limón. Descubrió que no todas le gustan. 

Cada cuatro días, compra un kilo de tomates, uno 

de papas y la consabida fruta de estación.

 A ella, a Raquel, no le importa que la gente joven la ignore, que su mejor amiga la critique, que su padre la desprecie. 

A su casa solo entra Dilma, la señora  que hace la limpieza, desde hace tantos años que trabaja de memoria.

Dilma ve poco, cada vez menos. Por eso Raquel luce sin inmutarse las mismas manchas ancestrales en sus camisas blancas, cada una de ellas gracias a las frutas, estación tras estación.

Raquel no compra ropa nueva, no cambia las cortinas de voile con arabescos de color naranja que datan de 1972, sigue usando una estufa que funciona a querosene y vive en la misma casa desde que se casó.

No tiene hijos ni hermanos. A sus padres no los quiere,le parece innecesario. A ellos también.

Todos los días hace un camino distinto, pero llega al mismo lugar, invariablemente. Compra el mismo número en la misma  agencia, en la quiniela oficial, para el gordo de Navidad, y en la Lotería Nacional a fin de año. Entra, apoya el monedero de tela que ya no cierra a presión sobre el mostrador mínimo. No lo mira a Enrique ni a su empleada. No le dice buenos días. Él tampoco. Saca la cantidad justa de billetes, los repasa con los dedos húmedos uno por uno. Enrique mira a su empleada con gesto de asco. Raquel no sonríe y recibe a cambio el ticket de compra.

Al volver, alguna vez tuvo que detenerse en la zapatería para pegar el taco de los zapatos blanco tiza número 40, aquéllos del casamiento. Don José, el zapatero tucumano de paciencia oriental, ya no le dice que los tiene que jubilar. No es que Raquel hubiera expresado molestia ante el comentario, sino que él ya sabe que es inútil. 

Con alguna compra en la bolsa de plástico de manija metálica redonda apenas recubierta por la goma original, sube la escalera de mármol hasta su casa. 

Almuerza poco, bebe su bebida elegida para ese día ( a la sazón vino tinto cabernet sauvignon, una cerveza artesanal negra bien helada, un patero estacionado o vino navegado, uno de sus preferidos). Su gusto es la fruta con helado y un alfajorcito de maizena con el café que Dilma le deja preparado en la heladera, para que se conserve hasta su vuelta, tres días después. Nadie lo hace como ella.

Apenas unos veinte minutos le bastan para cerrar los ojos y dormir profundamente. Nunca en la cama, sí en el sillón de tres cuerpos en el que cabe perfectamente, y al que le agrega una manta pampa para abrigarse. Es que, tanto en verano como en invierno, el sueño hace bajar la temperatura corporal.

Cuando se despierta, ya lúcida y espabilada, se sienta a leer, rutina que ama hasta el punto de entregarse a ella desde las cuatro de la tarde hasta las dos de la mañana.

En algún momento se levanta de su silla y se prepara otro cafecito o unos mates con bizcochitos salados.  

A veces toma nota en uno de sus cuadernos de frases, párrafos, palabras que más tarde necesitará para responder las cartas.

Por unos momentos algún texto la lleva a pensar en su matrimonio malogrado, siente una pena suave pero mucho más alivio que dolor. Sabe que las cosas pasan por algo, quién sabe qué misteriosa mano torció el camino de su vida para mejor. Y truncó otras que tal vez hubieran sido desgraciadas si continuaban.                      

Suspira y se acomoda el cabello. Limpia la punta de la lapicera Parker, una pluma perfecta, que a veces se carga de tinta excesivamente y mancha el papel sin piedad. Por supuesto que tal accidente se amortigua con la almohadilla secante que conserva desde la primaria como un tesoro.

Como cada viernes, termina más temprano sus lecturas, se calienta la sobra del mediodía y le agrega sopa de verduras casera que Dilma prepara con tanto cuidado. Exquisita. Mientras tanto, escucha en la radio un programa de música romántica y nuevos valores de la canción melódica. Le gustaba Camilo Sesto y ahora Cristian Castro, aunque no todo lo que canta.

Antes de las dos de la mañana, se queda dormida, esta vez en la cama grande del único dormitorio de la casa.

La rutina del sábado es otra.

Desde hace cinco años habilitó una casilla de correo para recibir las cartas. Primero fueron unas pocas, tímidas, que al ver su aviso en el diario del domingo se animaron. Con el paso del tiempo se corrió la voz y hoy ya son cerca de cincuenta por semana.

Los sábados se arregla un poco. Sale del barrio, así que se impone un color en los labios y alguna pollera de estampado más elegante. 

Tiene tres cuadras hasta el colectivo. Las recorre con paso apurado para tomar el de diez y catorce. Sube apretando su cartera donde lleva el cuaderno con las notas que registró durante la semana, durante meses. Algunas ya tienen años.

A ella, a Raquel, todos la miran. De algún modo, pero cada vez que sube a un transporte público, todos los pasajeros, por más distraídos en sus pensamientos que estuvieren, le dedican sus miradas. Esquivas, reprobatorias, asombradas, dudosas, tiernas. Hostiles en algunos casos. 

Ella lo sabe. Ella lo vive con la mayor naturalidad posible, la que viene cultivando desde hace cinco años.

Mira la ventanilla sin ver. Piensa en las cartas. Aprieta instintivamente su cartera y se dice que tiene tanta suerte.

Llega a destino, baja con dificultad, ya no es tan joven. Se estira la falda apenas y retoma el paso apurado de siempre.

Llega al Correo, saca número, espera un poco. Ya sabe cómo volverse invisible y nadie la molesta.

La llaman. Se acerca, muestra el documento. Por suerte la atienden los conocidos de siempre, por eso va a esa hora, ese día. Le sonríen en silencio y la muchacha del puesto dos alguna vez la miró con ternura.

Susurra un gracias y mete en la bolsa de plástico todos los sobres que cada vez más se parecen entre sí. Cuando empezó, recibía algunos de colores, otros hechos a mano, otros doblados y maltrechos. Variaban mucho en tamaño. 

Abre la cartera y guarda allí lo que considera que vale más que el dinero que retira del banco cada dia veintiséis, cuando cobra la jubilación.Jamás consiguió la pensión de viuda.

Es lindo, piensa, salir al fresco de la mañana, elegir cuál será el café al que irá a desayunar, leer esos mensajes.

Pero camina solo unos pasos hasta encontrar el bar que la sorprende por lo luminoso y agradable. Un mozo sencillo le pregunta qué quiere tomar, mirándola sin sorpresa. Como no le suele suceder, esta vez la sorprendida es ella y lo mira atenta. Él le sonríe. Ella también y hace su pedido. 

Mientras acomoda la cartera se emociona brevemente.


Después saca los tres sobres grandes, uno de ellos color papel madera, el otro violeta y el tercero, rojo.

En el primero guardará las consultas sobre los problemas con los familiares, el otro con las quejas y pedidos de aliento y consuelo, y el rojo, por supuesto, con las dramáticas historias de sufrimiento y desamor.

Nadie podrá jamás entender el placer al que se entrega ante su café doble, abriendo cada carta, dándoles una ojeada rápida, detectando inmediatamente su contenido y guardándola donde corresponde.

Después, sobre la mesa del bar, repasa su cuaderno. Relee las frases que ha seleccionado para rubricar cada respuesta, a modo de reflexión final. Inventa, inspirada, algunas más. Dos o tres, que suenan a escritas por otro, algúna autora importante o autoridad en materia de sentimientos. 

Concentrada en su tarea, no ve llegar al mozo que le pregunta si desea alguna otra cosa.Tiene una voz delicada, y se demora un poco más de lo común observando los papeles que Raquel está ordenando. Entonces ella lo mira y entiende. Una mirada lo habilita a preguntar. Ella va respondiendo una por una todas sus inquietudes: que si hace mucho que se dedica a escribir; que no, que no escribe sino que contesta cartas, que quiénes le escriben y entonces Raquel habla de las penas de seres incomprendidos que se sienten solos y confían en ella. 

El muchacho roza con sus dedos los sobres agrupados en una esquina de la mesa. Linda textura, suave. Entonces ella le cuenta a qué están destinados.

Y ahora ya podés traerme la cuenta, me tengo que ir, dice sonriendo.

Se apresura un poco y le alcanza el ticket. Ella le paga y él, junto con el vuelto, le deja sobre la mesa una servilleta escrita, doblada.

No tengo sobre, dice en voz baja, pero va en el rojo, le aclara. Raquel, ella, sin mirarlo, lo guarda y se despide hasta el sábado.

La vuelta es más agradable, sin apuro, se demora en alguna vidriera. Jamás compra nada. Siente que camina sola. Es muy linda mañana, piensa. 

Tiene que almorzar, ya se ha demorado demasiado vagando sin rumbo por la calle comercial del barrio. Algunos negocios cierran a mediodía, sobre todo los sábados.

No se apura,  compra una tarta de broccoli en la rotisería de Armando. Las hace mi mujer, aclara sin que nadie le pregunte. Raquel le paga y contesta que entonces seguro que son buenas.

Al llegar a la cocina de su casa de siempre, se pone cómoda. Como no le gusta andar descalza busca esos mocasines que llama canoas por lo anchos y grandes. Un número más y ya me chancletean. Se sonríe.

Después de comer tirada en el sillón frente al televisor más antiguo que las cortinas, intenta dormir la breve siesta de cada día. Tal vez se deba a que le cayó un poco pesada la tarta pero esta vez le cuesta entregarse a ese pozo acogedor que llega en uno o dos minutos después de cerrar los ojos.

Entonces entra en una especie de ensoñación, se da cuenta de su taquicardia. Las imágenes aparecen detrás de un velo, junto a una música muy lejana como de instrumentos de viento. Ve gente bailando, se acerca como en cámara lenta a alguien de espaldas, vestido con traje negro. Duda de si se trata de un pensamiento, un sueño, una fantasía. Al acercarse, se da vuelta y se trata del joven mozo que tiene los ojos y la boca hermosamente maquillados.

Sabe que tiene que levantarse pero no quiere salir del salón cada vez más nítido. La música klezmer arremete con ímpetu y trae consigo una larga hilera de muchachos riendo a carcajadas, apretados y tambaleando, felices y borrachos, intentando seguir el compás avasallante con los pies, pero inseguros en sus zapatos de taco blanco, todos numero cuarenta. Consiguen levantar al novio, ponerlo en la silla, elevarlo y darle vueltas mientras él intenta retocarse los labios, pidiendo entre risas que ya basta.

Raquel no abre los ojos. Siente unas lágrimas derramándose suaves por su cara.

A dónde van, a dónde se lo llevan, quiero saber.

La escena se vuelve nuevamente borrosa detrás de un velo que le da el tono sepia de las fotos de casamiento de su abuela.

El paisaje ha cambiado y el novio está sentado en la silla, en el césped, y sus amigos muy quietos a su alrededor, algunos descalzos ya, otros con un solo zapato en la mano. 

Algo que es y no es Raquel vuelve a acercarse por detrás en cámara lenta y se abre paso entre el grupo. Allí, en esta ensoñación angustiante, el cajón  contiene a la novia con el vestido blanco, los mocasines canoa y un rosario cristiano. El funeral de su esposa no tuvo, en la vida real, más que diez o doce deudos. En cambio allí hay una treintena de travestis llorando alrededor.

De un solo movimiento, con taquicardia extrema, Raquel se incorpora, iluminada.

Camina descalza hasta su mesa de trabajo, ordena los sobres que sacó de su cartera dos horas atrás, abre el rojo, extrae la servilleta donde el muchacho le cuenta su pesar y escribe. No necesita mirar su cuaderno. 

“El momento es ahora. Mañana podrías sentir un arrepentimiento insoportable.”

Después de ensobrar la respuesta y pegar con saliva la goma contra el papel,  mira de reojo la única foto que conserva de Alberta en su traje de novia, sentada, luciendo los zapatos color tiza. Y a su lado un joven magro, de riguroso traje y pelo negro muy corto peinado a la gomina, que la mira triste desde el portaretrato, cuando aún se llamaba José María.


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