Nada.
En aquellos años tener quince para una chica era otra cosa. Ella hizo mucho esfuerzo para que su cumpleaños pase inadvertido, para que no fuera importante, y que ni su familia se ocupara de ella. Con un saludo de sus padres por la mañana, su abuela y su tía llamándola por teléfono, sobraba. No quería ser como las otras, las que hacían fiestas, se dejaban agasajar, se vestían de largo y alquilaban salones. Fue a alguno de esos festejos ese año y más aún iría el siguiente, porque al cumplir los suyos en septiembre siempre fue de las más grandes del curso. Tardó bastante en entender que ese era un criterio arbitrario, de ninguna manera basado en el nivel del alumnado. Ese criterio que permitía ingresar a primer grado a los que cumplían 6 años hasta el mes de julio, y de agosto en adelante entrarían al año siguiente, con seis meses más que muchos compañeros. Tal vez recién ese día, el del estreno de la “edad dorada”, como la llamaba su abuela, encontró una diferencia. O aprovechando esa arbitrariedad creyó entrever su ventaja: ella entonces era mayor que muchas. Y como leía desde muy chica hasta las etiquetas de los envases, había descubierto en un libro de la biblioteca de sus padres el movimiento filosófico llamado existencialismo. Cautivada se había dejado llevar por esos pensamientos acerca de la nada, la pregunta sobre el sentido de la vida y los porqués del vacío y el poder de la mirada de los otros. Algo de ella se reflejaba en esas inquietudes. Si hubiera esperado un poco se habría escuchado con nitidez a sí misma haciendo lugar a las propias emociones oscuras, poco tiempo después. Los textos se le interpusieron con palabras perfectas. Por eso había algo impostado en su tristeza, aún en su angustia. Algo que se adelantaba a su comprensión, pero siguió la huella, un poco a ciegas.
Ese día, como si la vida la hubiera ayudado a cumplir su propósito de silenciar el festejo, el abuelo Juan se descompuso. Su corazón, su edad, la soledad de la viudez hicieron que terminara internado en la ciudad de Córdoba, en el hospital más cercano al pueblito donde vivía con su hermana, también octogenaria. Fue la que llamó a los de Buenos Aires para que corrieran a asistirla.
-¡ A ella! ¡ Mirá la egoísta! Es a papá al que voy a ir a cuidar. Pero yo no puedo manejar, Beto. Por favor vayamos todos.- le oyó decir a su madre.
De ningún modo. Ella no podía y mucho menos quería. Tenía que cumplir años y sufrir una crisis existencial. Por eso no permitiría que sus planes se vieran interrumpidos por semejante urgencia. Convenció a sus padres de que ya era grande. Y segura. Y que tenía dos exámenes cruciales para los que no había segunda oportunidad. La abuela Coca, la mejor cómplice desde su infancia, prometió ocuparse de la comida. Al fin y al cabo vivían a un par de cuadras de distancia. La vecina, muy solicita esta vez con su madre, adoradora de desgracias, se propuso para vigilar las noches atentamente. Por primera vez ella consideró una ventaja vivir en un pH al fondo de esa mujer insoportable. Se dedicó entonces a cerrar la ventana, a vestirse de gris, a releer “Mi planta de naranja lima” y a llorar intermitentemente sin necesidad de saber por qué. Era viernes. Su madre se había despedido con la promesa de hacerle una reunión familiar íntima, a la que podría invitar a sus tres mejores amigas, a la vuelta del viaje, cuando se pudiera. Se fue con culpa, lo que ella aprovechó para entregarse a la figura de la víctima abandonada que en realidad no era, pero ayudaba a acrecentar lo existencial de una angustia que estaba decidida a experimentar. No contestó el teléfono en todo el día. De ningún modo se expondría a agradecer con alegría cada saludo y mucho menos a sentir emoción con algún llamado en especial. Solo lo lamentó por su tía, pero ella sabría entender.
Pasó casi toda la tarde en ese estado taciturno, nublado pero atento. Ella lo llamaba profundo, no como la vida banal de sus compañeras, siemptre pendientes de zafar en los exámenes, tan poco interesadas en el saber, en el pensamiento, la reflexión. Tan ocupadas siempre de la moda del momento, de las dietas para adelgazar y de los cantantes populares.
Oscurecía. Había tomado ya mucho café. Encontró el cigarrillo robado a su padre antes de que se fuera y lo encendió en el patio a la hora en que la vecina cocinaba y los olores podrían provenir de casas vecinas. Aguantó la tos tomando los sorbos de ese café bien negro para entrenar el estómago. Seguramente, en pocos años, en la facultad, debería resistir toda la noche hablando de la inutilidad de todo, rodeada de intelectuales con gestos solemnes, inteligentes. Miraba el cielo cada vez más negro y teñido del humo que no se había tragado. Hizo la lista: inútiles la moda, los trabajos de oficina,, el auto y la casa burguesa, (¡cómo le gustaba esa palabra con la que había asombrado a sus amigos en la fiesta de Clara!). Inútil también el amor, querer a alguien para toda la vida, tener hijos y saber de quién, convivir en una familia también burguesa (pero ahora recuerda que a quién no le importó ese comentario fue a Gabriel, el único que no le prestaba atención. Estaba muy concentrado en el profundo escote banal e inútil de Laurita, quién sí la escuchaba atentamente y asentía) Inútil todo, menos el pensamiento. Inútil todo, menos sufrir.
No le quedaba claro a qué se referían sus lecturas al hablar del deseo y del sexo ¿se podía todo eso? Sabía que la literatura, algunos pintores, las parejas como la de Simón y Sastre o Sarte -de quienes no sabía si eran apellidos ni cuál de ellos era el hombre o la mujer- estaban bien considerados. Eran revolucionarios y traían al mundo unas verdades dolorosas, duras, que le abrían los ojos a los benditos burgueses. Pero ahora recuerda que a Gabriel se le agigantaban los suyos, asombrados cuando miraba los redondos pechos de Laurita, quién a su vez parecía estar de acuerdo con ella y que cuando le dijo algo aprobatorio, Gabriel la miro a los ojos y le dijo que ella, Laurita (¿o sus pechos?) era muy inteligente y que le encantaría que le hable de todo eso y le enseñe, pero mejor en otro lado, porque en la fiesta de Clara había mucho ruido y no iba a poder escucharla. Y Gabriel se fue con la del enorme escote de la remera de moda y ella se quedó sin ganas de hablar.
¿ Entonces lo estaba haciendo para él? Porque ahora le volvía ese dolor en la boca del estómago que no era por haber tomado café negro. ¿ Lo que le pasaba con él estaba permitido? Si la angustia era ese sentimiento casi único que los filósofos valoraban tanto, entonces ella estaba profundamente comprometida con el movimiento. Pero cuando los rulos de Gabriel, los ojos de Gabriel, el cuerpo fibroso de Gabriel, los brazos y las manos de Gabriel aparecían como ahora en sus pensamientos, no entendía por qué ya no le importaba indagar acerca del sentido de la vida, la existencia del ser, la revolución de las ideas y mucho menos en cómo se debía luchar contra la ideología burguesa que permitía que la gente se enamorara como una estúpida y perdiera la noción de lo que era importante verdaderamente en esta vida tan corta que solo dura el tiempo en que uno está en la tierra.
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