Nada de amor.
A mamá le gustaba mucho la comida francesa. Lo sé porque la veía feliz cada vez que hablaba de “bourguignon'' o “ fondue” como si fueran los platos más exquisitos del planeta. Y del pescado a la crema de roquefort, que nombraba en su perfecto francés. Además le gustaba vestirse bien cuando tenían que invitar gente importante del trabajo de mi papá, sobre todo para mostrar lo que ella sabía hacer. Era por entonces una excelente anfitriona y yo admiraba el vestido de gasa largo que usó aquella noche. Tenía unas mangas abullonadas que se ataban con una tirita en la muñeca. Esa noche teníamos que estar todos con nuestros pijamas iguales y solo bajar de nuestros cuartos para saludar correctamente, simpáticos, a los que disfrutarían de la vajilla que jamás usaríamos nosotros. Eso me mortificaba, me sentía miserable, desvalida. Me producía una profunda rebelión que terminaba en dolor de estómago.
Ya habíamos cenado antes para que mamá pudiera tener la cocina impecable y pudiera arreglarse. Yo tengo la sensación de que había que ocultar todo vestigio de trabajo, como si ese esplendor no le hubiera costado a nadie.
Por supuesto que cuando todos mis hermanos se quedaron dormidos yo me acerqué a la escalera por donde subía el sonido de una conversación salpicada de risas y tintineos de copas de cristal que chocaban en un brindis. La voz de mamá cambiaba cuándo hablaba con esa gente. Eran matrimonios cuyas mujeres tenían hermosos vestidos y excelentes peinados.
Era una comida especialmente deliciosa, decían. Qué bien te salió, tenés mano para la cocina francesa, oí decir.
Tenía unas ganas locas por probarla, me gustaba comer. Me brotaba algo así como un sentimiento de injusticia por no poder estar entre ellos.
No entendía de qué hablaban. Hoy caigo en la cuenta de que la extrañeza, el hecho de que todo eso sucediera en la casa donde yo vivía pero no era en ese momento mi casa, respondía a estar asistiendo a una escena de teatro.
Parecían alegres, parecían interesados, parecían amigos. Pero yo había visto a mi madre agotada y con los nervios de punta por no poder controlar el reloj para que le diera un tiempo que no iba a tener. La escuché hablar pestes de cada una de esas mujeres con las que ahora conversaba y reía y festejaba las estupideces que contaban. Sabía del dinero gastado en cada plato, dinero que no sobraba y se restaría a algo para nosotros, los hijos, los que no podíamos estar en la mesa pero sufríamos las consecuencias, los costos.
Ese vestido vaporoso y encantador que todos alabaron le había consumido noches, nervios, metros de hilo y dolor en las várices que los tules cubrirían.
Escuché que alguien se levantaba de la mesa y anunciaba que iría al toilette que previamente mi madre había mostrado en una recorrida por la planta baja a los convidados. ¿Por qué no decía “baño''?
Desde el escondite que permitía el ángulo de la escalera, pude ver cómo la mujer en cuestión se apuraba para tocar los adornos, abrir el mueblecito del pasillo, dar una ojeada rápida a los caireles de la lámpara del living y a la alfombra. Retuve la respiración para que no mirara hacia donde estaba yo, agazapada y fuera de escena. Pero hizo un ademán despreciativo y se metió en el toilette famoso del que salió más rápido de lo que debería, habiendo calculado el tiempo que le restaba para no provocar sospechas.
Mi padre fue a buscar la hielera a la cocina, seguido por mi madre que le gritaba en voz baja alguna orden que él se negaba a seguir, pero volviendo al comedor con sonrisa radiante y una jarra nueva en lugar del viejo recipiente que él pretendía llevar.
Una congoja que recuerdo hasta hoy me estrechó el pecho. Retorcí un botón del pijama con rabia, pero a tiempo de mantenerlo en la prenda. No quería pensar una excusa al día siguiente cuando los ojos de mi madre me preguntaran.
Quería gritar, irrumpir en el medio del salón diciendo que todo era una mentira. Que mi mamá se había cosido a mano el vestido y le había pegado una etiqueta para que pareciera comprado en una casa de alta moda. Que había transpirado mientras cocinaba y que había maldecido la hora en que tuvieron que retribuir la invitación de uno de los matrimonios. Que había despreciado a una de las mujeres presentes, criticando su modo de vestirse y a otra la fealdad de su nariz y el color de su cabello mal teñido.
Que se había endeudado con el mercado para pagar esa cena y que quería disimular la falta de servidumbre habiendo dejado hasta los platos ubicados en la mesa antes de que llegaran.
Y lo peor de todo, que nos había negado la comida que estaban compartiendo para darnos fideos con manteca de cena a nosotros, sus hijos.
Por supuesto no hice nada, más que retorcer el botón y mis pensamientos, herida por tanta maldad.
Hoy creo entender que el dolor provenía de haber visto a mi padre sometido a la humillación de tener que tolerar esa farsa. Y más aún, volver a verificar en eso que él no tenía ningún poder en esa casa, ninguna autoridad sobre nosotros, nada de amor por parte de mi madre.
Comentarios
Publicar un comentario