Olvidar
Está bien que no quieras sentarte. Todavía no sabés nada de mí.
No me importa lo que opines y tampoco entendería por qué tendrías derecho a juzgarme. Harás lo que te parezca, a mí no me importa. Pero sii querés saber, escuchá. Yo no necesito hablar. Es más, me agota. Pero si para saber algo sobre vos misma, hago el esfuerzo.
Empezando por tu nombre, quiero que sepas que no lo puse yo. Dejé que tu padre tus abuelos eligieran el que le gustaba, total yo sabía que no me iba a quedar a criarte. Cada día de ese puerperio miré por la ventana y pensé en desaparecer. Pero yo quería vivir. Lo que no quería era vivir así.
Jenny, mi perra, había muerto unas semanas antes de tu nacimiento. La habrás visto en las fotos de la galería. Una siberiana de pedigree, bella como una diosa.. Nos amábamos con locura hasta provocar los celos más riesgosos, esos que terminaron con su vida. Tu padre la envenenó. Él nunca supo cómo me enteré, ese secreto morirá conmigo. Como murió él para mí en ese momento .Y vos, que todavía no habías nacido.
No sé qué versión te contaron, no me importa. Tampoco si creés en la mía. No tuviste nada que ver con mi decisión: ninguna mala experiencia relacionada con la maternidad, con la crianza, con el trabajo que da un hijo y no pude soportar. Creas o no desconecté mi corazón de todo amor. Cuando murió Jenny no sentí nunca más nada, no tuve remordimientos, ni sentí culpa, no tuve deseos de venganza ni sentí rencor. Nada. Justamente eso: nada después de ella. Nunca sabés qué de vos desaparece con quien muere. En mi se borró todo vestigio de sentimiento. El dolor tomó la forma de un frío perfecto como el viento. Se disipó toda carga. Dicen que es excitante la experiencia de la falta de gravedad en el espacio. Yo la viví en la Tierra… pero sin alegría, ni sombras, ni…nada. Vivir sin que nada tenga importancia o todo tenga la misma. Miraba por la ventana abierta el viento del color de los ojos de Jenny, no te escuchaba llorar. Para mí había un silencio permanente, sordo. Alguna vez escuché a un sobreviviente de Hiroshima decir que al volver sobre la ciudad arrasada, dos días después, algo lo dejó más perplejo que los restos y la muerte: era el silencio. Perturbador por lo inadvertido..
Yo abría las ventanas en pleno julio, con un bebé en el cuarto al que oían llorar sin consuelo. Todo lo miraba sin ver. Dejé de hablar. ¿A quién? No encontraba ningún motivo,ignoraba todo lo que pasaba alrededor. Mi fuerza física crecía y eso los asustó Temían que la usara para herir o matar. Nunca sentí necesidad de nada de eso, ni lo contrario. Estaba de más en el mundo que me rodeaba.
Una noche tuve la certeza de que iban a dormirme, encerrarme, aislarme en algún lugar sin preguntarme nada. Los oí murmurar. Esa misma noche me fui. Habían cerrado la ventana con una enorme cadena. La rompí, traspasé los vidrios, me corté, salté. Corrí dos días con sus noches, confiando en que algo en mí sabía hacia dónde. Algo como un instinto, algo que se había despertado cuando todos los sentimientos habían muerto.
Sigo siendo muy hábil, sé hacerme invisible, sobrevivo con muy poco, tengo casi la misma fuerza de aquél tiempo en que la desaparición de Jenny transformó mi mente de mujer joven, frágil y burguesa en el ser bestial que tal vez te parezca.
Es así como aquella tarde llegué al puerto. De las bocas de todos salía un humo blanco. Entendí que era una señal. Me invitaron a subir al carguero, así de sencillo. Nadie se ocupó de mí especialmente por ser mujer. Nadie jamás me faltó el respeto. Era el trato que necesitaba: yo ayudaba en cubierta, limpiaba, cargaba paquetes y bolsas y ellos me daban comida y un lugar donde dormir. Supongo que no me hablaban por ese muro invisible del que me rodeé cuando se fue Jenny de mi vida. Desde que tu padre me la quitó. De barco en barco, siempre que fuera hacia el sur, llegué hasta aquí. Si no helaba, si no salía de la boca de los marineros el humo blanco, no me subía al carguero. Claro que se fue corriendo la voz y todos me apreciaban por el trabajo y la resistencia que tenía a los fríos australes. Esos hombres me trataron bien, me alimentaron, mi abrigaron sin que yo lo pidiera. Trabajé junto a ellos siempre en ese silencio frío pero solidario, a distancia. A la correcta distancia que debería haber entre los seres humanos. Llegar hasta estos hielos, tocar el suelo que se abrá a la nada blanca bajo el cristal de cielo, fue encontrar mi hogar. Po fin un lugar donde no sobraba, pero tampoco le hacía falta a nadie. El capitán no quería dejarme, pero la tripulación lo convenció. Me prepararon este baúl que ves con todo lo que necesité hasta saber de mí definitivamente.
Cada tanto voy a la aldea y muy de vez en cuando me visita algún pescador. A veces viene un grupo de expedicionarios con gente de ciencia. Vienen de la base y me dejan libros. Y otras veces viene gente como vos. Geólogos ¿no? creo que así se llaman los que estudian los suelos .Ojalá que después no vengan a envenenar este paraíso.
El hombre no es bueno, eso ya lo sé, pero los que llegan hasta acá se vuelven humildes, pobres, ciegos. Esos son los que valen la pena. Se dejan guiar,confían como nunca lo hicieron hasta ese momento, se vuelven débiles, dependientes, ignorantes… pero tan agradecidos que conmueven.
Entonces fue que me di cuenta que algo no me era indiferente. Encontré la misión que tengo en este mundo. De ningún modo era formar una familia o buscar un trabajo cualquiera para mantener una vida sin sentido. Tampoco necesité nunca aturdirme para olvidar porque aquí no necesito olvidar. Aquí estoy, hija, guiando como un lazarillo siberiano al ser más frágil de la tierra, en el lugar donde no se atreve a matar a nada ni a nadie.
Y mientras tanto cultivo la mejor de las soledades. Aquí el mundo es bueno.
Ahora, si querés, tal vez cuando dejes de llorar, puedas aceptar sentarte a compartir un rato conmigo.
Pero por favor, no me llames mamá. Aquí todos me dicen Jenny.
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