Total, basta la ternura.
Camino bajo una arboleda en boulevard entre canteros mantenidos con cuidado obsesivo de jardineros diligentes que colaboran con los servicios municipales de limpieza, barrido y poda.
Unas baldosas perfectas, de color igual, disimulan que alguna vez allí se hubiesen instalado carteles de “disculpe las molestias ocasionadas”.
Los frentes de casas de estilo inglés, señoriales, de dos o tres plantas, techo a dos aguas o de pizarra verde mantienen unas rejas elegantes que cuidan la seguridad de sus habitantes con esmero y cámaras, ellas también debidamente protegidas.
Noto que me agrada la discreción de los tonos del frente de cada una de ellas. Y las plantas ornamentales que engalanan los bowindows de algunas. Es como si estuvieran en un espacio y un tiempo flotante, suspendido en algún sueño ambicioso de armonía permanente.
Me dejo seducir por los cercos cubiertos del jazmín de agosto, ese tan dulce, blanco y embriagador que marea y deslumbra hasta llevarme de la nariz, como ciego.
El cielo es una extensión luminosa. El sol no puede brillar más en este mediodía. El aire fresco me acaricia y empiezo a caminar más lento para poder degustar la brisa.
El estado de gracia dura dos cuadras, hasta que aparece un cartel equivocado, me digo. No puede estar allí. “Lubricantes para máquinas”, “ferretería industrial”, “todo para la construcción”. “Descuentos al rubro”
No tiene ninguna falta de ortografía, es verdad. Retengo el aliento, como si el sólo hecho de leerlo trajera el olor de las fábricas. Aceite de lino, grasa, solventes, óxido. Miro desconcertado el frente del negocio, extrañamente aislado, casi oculto, como quien pretende no molestar. Pero el cartel lo delata, inexorable. ¿Es más antiguo que el barrio y por eso permanece?¿Los dueños no habrán querido vender, sosteniendo el negocio familiar a pura dignidad, ofendidos por las ofertas que los invitan a irse?¿O alguien ha heredado ese terreno de un familiar emergido tras alguna infidelidad, y decidió abrir una sucursal del negocito de Dock Sud?
Hasta el color de la vereda es diferente a esa altura, y las raíces de un ficus deforma su geografía hasta obligar a mirar hacia el suelo antes de dar un paso.
Me sorprende el repentino movimiento de salida y entrada de obreros. O será que recién ahora lo registro. Algunos tienen cascos de construcción, otros van vestidos con ropa blanca manchada de pintura, algunos con pantalones Grafa llenos de bolsillos con herramientas. Salen y entran del local, pero todos bajan a la calle y caminan por el asfalto.
Miro desconcertado alrededor. No hay ningún alambrado que impide seguir por la vereda. Tal vez se trate del muro invisible que separa a la gente que trabaja de la gente que las emplea.
Recuerdo con sorpresa una frase de mi padre, un oráculo en ese tiempo de infancia. “No hay caso, el buen gusto requiere mucha plata”, mientras lo veo manejar el auto que él mismo arregla cada fin de semana en la puerta de la casa. Por la ventanilla mi madre mira el paisaje de un barrio lejano. Entonces mi padre le da la mano y se miran con ternura.
Vivimos en una zona fabril, donde los jazmines o las rosas sólo están en los almanaques del almacén de Don Pedro. Ël nos anota las deudas en su libretita.
No hay veredas, sino un barro seco, espeso, con lagunas donde flotan las piedras y los restos de barquitos de las batallas navales de los chicos del Coco.
¿Rejas? ¿Para cuidar qué? Las estacas torcidas con alambres comunes marcan el límite de un terreno con la casa lindera. Son fáciles de saltar para tomar la merienda en la casa de un amigo. Mi hermano menor pasa por debajo, ágil como una ardilla, y se trepa a la morera de la casa de la negra Nilda, que atiende a las vecinas en la peluquería que se armó en el cuartito que da a la calle, después de que murió su madre.
La memoria trae uno a uno los recuerdos del domingo en la canchita, de la vecina viuda, a la que todos ayudaron después de que Roberto murió al caer del andamio; de mi madre limpiando los vidrios de la fábrica; de mis abuelos de visita los sábados a la tarde con caramelos y chocolatines Suchard de muchos colores. De mi papá con el overol lleno de grasa negra del taller. De los mates en la quintita del Pepe, del gallo que nos despierta a las seis de la mañana, de la escarcha en el pasto escaso del potrerito.
Respiro fuerte. Camino dentro de otro mundo dentro de ese mundo que está suspendido en otro tiempo y otro espacio.
Me pregunto cuál es el mío. No sé si es necesario elegir entre el buen gusto que se compra o el que se disfruta caminando o mirando por la ventanilla de un auto viejo. Después de todo, los jazmines pueden escapar de los almanaques para oler entremezclados con la grasa y los solventes de mis recuerdos de infancia.
Total, basta la ternura.
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