Temblor
De tan enorme el Rulo no cabe en la silla del bar de Don Cosme. Yo le miro la nuca que casi no existe. Estoy viendo las manchas de sudor de la espalda, a lo largo y ancho de su remera gris, tirante. Parecen un mapamundi lleno de islas y continentes que se mueven con la respiración. Para mí los continentes también son islas, pero más grandes. Al fin y al cabo también están rodeados de agua. Me acuerdo de un programa que ayer vi con mi papá en la televisión, donde parecía que la tierra reventaba por todos lados. La Tierra está viva, dice mi papá. Tiembla, escupe, llora.
Mamá se enojó porque dice que no es bueno que yo vea esos programas, que todavía soy muy chica y puedo tener malos sueños de noche. Él le dijo que ya soy grande y que estoy en edad de entender, y me guiñó un ojo. Yo intenté hacer lo mismo, pero todavía no puedo.
Tengo 6 años y lo que también entiendo es que el Rulo está triste de amor. Le dice a Don Cosme algo sobre Marina, la chica que atiende en la caja del nuevo supermercado que pusieron acá, en Jáchal. Mi papá conoce la capital y otros pueblos y ciudades del país, y siempre dice que este es un pueblo de mala muerte del que algún día nos tendríamos que ir. Yo lo que no entiendo es lo de mala muerte. Porque pienso que ninguna muerte puede ser buena, pero no le pregunto, a ver si todavía le da la razón a mi mamá.
Así sentado, el Rulo no puede juntar las piernas y su enorme cola desborda a ambos lados de la silla que don Cosme le tiene reservada cada vez que llega. Cuando lo ve cruzar la calle se apura a sacarla de detrás del mostrador y ponerla en la mesa en la que suele sentarse cada tarde. Esa silla está reforzada en las patas para que aguante el peso del Rulo. Mi papá dice que ya rompió tres, y se ríe. A mi mamá no le gusta eso, dice que no se puede reír de la desgracia ajena y le pone cara de cuando llega tarde y la comida ya está fría. Es diferente de cuando se enoja conmigo: frunce el ceño y me llama por mi nombre completo. Y cuando dice el apellido, ya sé que se viene la penitencia. Casi siempre es que tengo que dormir la siesta con mi hermanito. Es lo que más me humilla, porque él es un bebé.
El Rulo había llegado justo cuando la abuela y yo entramos al bar. También es almacén, por eso le pide a Arturo, el ayudante de Don Cosme, que le haga la gauchada de molerle el café, porque a ella se le acaba de romper el molinillo. Como tenemos que esperar la abuela me ofrece una chocolatada. Le digo que sí, claro. Me gusta mucho la chocolatada caliente que hacen. La sirven en vaso que tiene un soporte con manija de metal para que la gente no se queme.
Me siento en una mesa desde donde veo la espalda gorda como un globo terráqueo viviente.
Arturo me trae el vaso y me pellizca la mejilla diciéndome que cuando sea grande se va a casar conmigo. Después mira a mi abuela y le dice que es broma, que solo es para felicitarla por la nieta tan bonita que tiene. Yo pienso que ni soñando me caso con alguien tan viejo como Arturo que ya cumplió los diez y ocho. Mientras me refriego la mejilla pellizcada lo miro fijo y él se va, porque tiene miedo de que me ponga a llorar. Por suerte se le borra esa sonrisa estúpida que hace, que mi abuela dice que es para que le dejen propina. Ella sabe de esas cosas porque hace muchos años ayudaba a mi abuelo en el negocio.
Sobre la superficie de la leche chocolatada se acaba de formar una capita de nata. Así me dijo mi abuela que se llama esa telita que separa el aire de la leche. Siempre me da mucho asco, no sé por qué. Intento sacarla entera con la cuchara, pero, como siempre, fracaso. Ya rota, forma muchas islas . Me acuerdo del programa que vi con mi papá. Mostraban con puntos rojos en el mapa, los lugares de la tierra donde se producían las catástrofes más terribles.
Levanto los ojos y veo la remera del Rulo, que cada vez se mueve más, se agranda y se achica, tiembla, y hasta cambia un poco de color. Tiene una mancha roja en una isla de sudor cerca de la nuca, o donde de supone que está. Me doy cuenta de que llora. Se agita y apoya la cabeza pelada, enorme, sobre sus brazos cruzados, en la mesa que empezó a perder el equilibrio con los movimientos de su cuerpo. Veo que don Cosme le acerca la mano a la espalda, o, mejor dicho, al hombro, uno de los pocos lugares secos de ese Atlas gris. El mapamundi que está en la escuela es muy parecido, pero de colores.
La mano le empieza a dar palmaditas. Debe creer que así lo consuela. Me recuerda a mi abuelo queriendo dormir a Agustín. Una vez le pregunté por qué le cantaba si mi hermanito seguía llorando y nunca se dormía hasta que mamá lo levantara. Me dijo que lo hacía por él mismo, para no sentirse inútil. Ahora entiendo por qué ni el Rulo ni mi hermanito se dan por enterados de lo que hacen mi abuelo y Don Cosme.
Aunque se subiera un ejército de hormigas por la espalda el Rulo no podría sentirlo. Como a mi papá, pensar eso me da un poco de risa y me doy cuenta de por qué dice mi mamá que está mal. Veo que mi abuela se acerca. Está enojada. Se interpone entre la mesa y mi globo terráqueo , y me reta porque no tomé la chocolatada. Le señalo el vaso y hago puchero. Mis islas de nata empiezan a temblar. Mi abuela dice que deje de jugar con eso y que no patee la mesa. Le digo que no estoy haciendo nada. Ni siquiera estoy moviendo la cuchara. La abuela no habla más y se acerca al mostrador para preguntarle a Arturo si ya molió el café. Está nerviosa. Dice que se siente mareada, que mejor nos vamos, que viene más tarde.
Don Cosme acaba de sacar el salero y el servilletero de lata que están en la mesa donde llora el Rulo, porque tiene miedo de que se caigan con tanta agitación. Pero cada vez llora y tiembla más. Don Cosme le saca la mano del hombro y mira a mi abuela. La señora que había entrado hace un rato y estaba por sentarse a tomar algo, sale corriendo. Mientras pienso qué les pasa a estas personas, que no pueden comprender ese dolor y nadie lo consuela, que ahora entiendo que si estuviera mi mamá ella sí lo haría porque sabe cómo, veo que también se empieza a mover mi vaso y camina por la mesa haciendo tintinear la cucharita y chocar a mis islas de nata entre sí. No sé si atajarlo o dejarlo caer. A lo mejor pronto el Rulo deja de llorar y todo se calma, pero los gritos de la gente que pasa corriendo por la vereda me distraen y la leche se vuelca. El vaso se cae, se rompe y me salpica. Empiezo a sentir asco, creo que es por la nata pero tengo la panza revuelta, hasta ahora no me había pasado. Mi abuela me empuja y me grita que me meta abajo de la mesa. Arturo desaparece detrás del mostrador y Don Cosme se queda en el marco de la puerta con las manos como si quisiera sostenerlo. Veo que caen pedacitos de techo. Veo a mi abuela agachada bajo la mesa que juntó a la mía. Tiene la cara blanca y eso que ella nunca sale sin ponerse colorete. Está rezando.
El único que sigue en su lugar es el Rulo, al que le caen escombros y pedacitos de vidrio. Como en el programa que vi con mi papá.
Pienso en mi mamá.
Juro que nunca más voy a burlarme de alguien que tiene problemas de peso y de amor. Yo también rezo para que deje de llorar y todo se calme y yo pueda pedir otra chocolatada. Prometo que la tomo antes de que se formen las islas de nata.
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