La hija mayor
No sé si es hambre. Yo las veo en la heladera, todas perfectas, redondas, en una salsa roja donde navega una hoja de laurel. Seguramente habrá un puré Cheff para acompañar, pienso. Son las once de la mañana y quiero tomar soda. Por suerte hay dos sifones enfriándose para cuando venga papá a la noche y no ponga esa cara mezcla de fastidio y de mártir, y entonces no reclame que nadie lo tiene en cuenta, que nadie piensa en él que se va tan temprano al trabajo y cuando llega no tiene soda fría, tan poco pide al final. A veces termina con un puñetazo en la mesa y se levanta. Mamá lo mira culpable pero enojada y nosotras nos sentimos mal. No entendemos bien por qué, pero de algo somos culpables también. Y no podemos decidir quién es la víctima, eso es lo peor. Algo queda atragantado y comemos en silencio.
Pero dos sifones en la heladera son un buen presagio.
Solo que tengo muchas ganas de comer una albóndiga. Una sola. Tal vez ese delito pase desapercibido si las acomodo para que no haya ningún vacío entre ellas, tan redonditas. Y tan ricas. Me comería otra, pero ya sé que no. No debo.
Le pido a Dios que me ayude a que lo que hice pase desapercibido, que nadie lo note y que Él me perdone, así con mayúsculas. Recién después de comerla me doy cuenta de que sí, lo que sentía era hambre. Es que no puedo tener hambre, hay algo que ya no sé distinguir bien en mí., Según tengo entendido es que engordo y eso no queda lindo en una chica de catorce años. A lo mejor dentro de cincuenta años ya no será problema y nadie le dará importancia al peso, al cuerpo. Pero en 1972 es casi lo más importante en las mujeres. Eso, y no tener tetas, porque la modelo, la mujer que hay que ser, es Twigy. Por eso mamá dice que seguramente lo mío es vicio, son ganas de comer pero no es hambre. Por supuesto soy gordita y uso los corpiños reductores de una marca muy cara, pero todo sea por disimular la cantidad de busto que tengo. Mi abuela le dice así.
Hasta las doce y media nadie baja a poner la mesa. Estamos todos leyendo, o dibujando. Es día de semana pero no sé por qué no vamos al colegio. Creo que es una fecha patria. Hay un ambiente tranquilo en la casa. Somos buenos, pienso. No hay ruidos ni peleas. La hermana que tenía tantos problemas para dormir y estaba mal de los nervios ya fue a la psicóloga y parece que está curada.
Yo subo rápido para que nadie note que estuve abajo. Especialmente que la hermana nerviosa no me vea, porque ella me acusaría. Siempre me acusa de algo.
Me encierro en el cuarto, todo decorado como le gusta a mamá, con cortinas con diseños color naranja. A mí mucho no me gusta el escritorio porque me hace mirar a la pared, por eso para estudiar me tiro en la cama. Años más tarde sabré que fui muy buena alumna. Es que no es una categoría que se use en mi casa. Como si no hubiera opción, por eso, al no oponerse a nada, es algo que se respira, como un oxígeno habitual en la familia.
Estoy estudiando Historia. Algo de Egipto, las guerras médicas y eso. El manual es gordo, con ilustraciones y tapa dura. Tiene olor a nuevo. Todo lo que leo me interesa. Me siento importante porque tengo muchas páginas que estudiar para la prueba. Mis hermanas todavía no, así que tengo como una actitud de superioridad ganada por tener que memorizar tantas páginas, y sin ayuda de nadie.
A alguna de ellas mi mamá tiene que hacerle cuadros sinópticos, y a veces lloran y se quejan porque no entienden. Para mí que es mentira. Lo que les pasa es que se sienten invadidas por mi madre. Ella las hace a un lado. Quiere que sepan, que comprendan, que se saquen diez, que cumplan. No quiere quedar mal frente a los profesores. Ella no tiene hijas tontas, ella es una madre corrige todo.
lo que está mal.
Cuando estoy pasando la décima hoja del manual, acordándome de Corina, mi compañera de atrás, desesperada porque tiene problemas para estudiar y necesita sacarse al menos ocho en esta prueba, escucho el primer grito.
La puerta de la habitación de mis hermanas menores se abre. La nerviosa sale corriendo y se cae, como siempre. Lo único que quiere es llegar primero. Ganarle a todas. Quién sabe en qué se traducirá este impulso en los años que vienen para ella, pero a mí me importa un cuerno eso de ganar. No lo entiendo ni en los deportes de equipo, en los que además soy pésima. ¿Para qué salir primeros en algo? ¿Qué valor tiene competir y superar a otros en habilidades?
Es verdad que a mí no me cuesta estudiar. Años después pensaré que en realidad no me cuesta nada que me gusta. Cuando me deja de entusiasmar, me aburre o me cansa, quisiera no tener que seguir haciéndolo. Una vez una maestra de tercer grado me dijo que ojo, que no me durmiera sobre los laureles. Los únicos que conocía eran los que usaban mi abuela y mi mamá para cocinar. Cuando llegué a mi casa, que no era la de dos plantas del relato de las albóndigas, conté que me habían dicho esa frase, y por supuesto, yo no sabía si era algo bueno o malo. Al fin y al cabo, dormir hace bien. Sólo que me sonaba incómodo hacerlo sobre esas hojas pinchudas. ¿Me pedían un sacrificio? ¿Me sugerían que me fijara bien dónde apoyaba mi cabeza cuando tuviera sueño?
Mi madre me hizo una pregunta que no pude responder rápido porque me obligó a recordar un detalle :¿cuándo me lo había dicho la maestra? ¿qué estábamos haciendo en el aula en ese momento? ¿de qué se estaba hablando?
Me costó acordarme de que se estaban haciendo preguntas sobre algo de un prócer, una fecha de alguna batalla o algo así. Lo más aburrido del mundo. Me gustaba más seguir con mi dibujo, al que le pondría más tarde unos colores divinos con los lápices nuevos.
Mi mamá me explicó entonces algo que entendí que se esperaba más de mí. ¿Por qué? Porque tenía acostumbrada a la maestra y a mis compañeros a que yo siempre sabía. No sé si eso me llenó de orgullo o de obligación. Y muchas veces perdería el rumbo respecto de lo que me aburría y me convendría abandonar rápidamente. Hasta entonces, qué me importaba defraudar. Esa palabra no existía en mi diccionario.
Mi hermana más chica abre la puerta del cuarto y me dice que mamá me llama. El corazón galopa y me tiemblan las manos al poner el señalador en la hoja del manual. Ella sale corriendo.
La pregunta que me hace cuando lleguo a la cocina, contiene la respuesta. No pregunta quién se comió la albóndiga que falta. Es una afirmación dirigida directamente hacia mí. Ella siempre me espera en el lugar de la gordita que no puede con su vicio y está empeñada en afear la imagen de la familia, la suya propia como madre, que no consegue convertir en modelo a su hija mayor.
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