El olor a leña Bobby

 

Entre Paysandu y Tacuarembó hay un pueblo de menos de cien habitantes. Por razones que me guardo, no lo voy a nombrar.

Pueblo de geografía difícil y muy poca sombra. No se puede cosechar nada y el suelo tampoco sirve para ganado. En las piedras solamente se crían las ovejas, pero no es que haya muchas. Hace bastante calor, y por lo general llueve lo mínimo indispensable. Pero hubo un año…

La cuestión es que ahí vivíamos con el Alfredo y a veces no teníamos ni para comer. Como no nos gustaba dar lástima, nos la rebuscábamos muy bien yendo al monte a revisar en la basura que dejaba la única verdulería del pueblo:  fruta  picada y algunas verduras y tomates en el perfecto estado que necesitaban dos pobres pero dignos botijas de doce años. A veces conseguíamos una changuita, llevarle las ovejas a don Uberto o las compras a las señoras viejas que quedaban solas, y nos pagaban con gallina y algún chacinado.

Hubo alguna vez un intento de construcción de cabañas, para gente rica del campo, gente de plata de Tacuarembó. Pero el proyecto murió antes de nacer. Esa gente no compró ni un metro. Nosotros veíamos bajar de esos coches inmensos a las doñas, que no les daba el sombrero para taparse del sol y ponerse crema  cada 5 minutos. Los estancieros no pudieron convencerlas. Ellos querían llevarse a las amantes los fines de semana  con la excusa de alguna exposición de vacunos.

All poco tiempo dejaron todo lo que habían traído para hacer la cabaña modelo. Quedaron al sol las maderas, el cemento, unas bolsas con arena y mucha mugre. Y entre las piedras y el pasto seco… los esqueletos del fracaso. El viejo se daba maña, reparó las maderas, les puso una especie de brea para que no se siguieran resquebrajado y ahí fuimos los botijas a arriar el tesoro por un poco de leche y unos pancitos que la doña preparó.

Con eso y poca cosa más, el rancho quedó renovado.

Fue entonces cuando murió la tía del negrito, que así lo llamábamos al Alfredo, y quedó más guacho que nunca, abandonado de hacía tiempo por los padres, que andaban vivos por ahí, desentendidos del asunto. El pobre tenía una fotito toda resquebrajada de la madre, muy jovencita, bailarina ella, que quiso probar suerte en algún lugar de las Europas. En la foto estaba del brazo de un morocho, charrúa, bien trajeado pero muchos años mayor, con cara de enojado y mirando al frente. El negrito nunca se quejaba de su suerte, no fue rencoroso jamás y siempre le agradeció a la vieja tía que le dio todo lo que pudo hasta que la salud no la acompañó  y se vino a morir. Entonces la doña lo convenció al viejo para que lo llevaran al rancho y viviera con nosotros. A mí me habían adoptado a los dos años pero nunca supe nada más y no lo necesitaba.¿Para qué?

 El Alfredo había llegado a la casa de su tía con una valijita y bastante bien vestido a sus 4 años. Fuimos amigos ni bien nos conocimos. Las almas huérfanas de amor de madre andan siempre muertas de cariño.

Éramos serios y jugábamos todo el día. Nos encargábamos de hacer el fuego . Traíamos la leña  del monte y a la noche nos juntábamos con los otros chiquilines a perseguir lagartijas y jugar al tinenti. No necesitábamos mucho más. Ëramos felices.

 

Teníamos catorce años cuando  el Alfredo empezó a cantar unas canciones que componía. No sabía nada de música, así que la melodía cambiaba un poco cada vez… pero tenía una voz que parecía salir de otra persona. La vieja decía que tal vez era herencia de los artistas de su familia.

Fue que en una de las fiestas del pueblo que cada tanto había para celebrar la nada, de puro agradecidos de no morir, nomás, que el Alfredo cantó una especie de milonga. “Milonga triste”, dijo que se llamaba. No sé qué le pasó esa noche, pero se paró el mundo. Para mí que hasta Dios dudó de sí mismo, vea. Y ahí estaba el Bobby con su guitarra. Se arrimó a acompañarlo, todo conmovido. Cuando dejó de tocar, le preguntó bajito si quería aprender, que él le enseñaría a cambio de que le cantara  canciones como esa.  El negrito no lo podía creer. El Bobby era el artista del pueblo, chúcaro, que aparecía pocas veces con su guitarra por las fiestas.  El Alfredo casi llora de la emoción, pero era pibe muy controlado. Nos había dejado a todos mudos, pero sus ojitos orientales buscaron la aprobación del viejo y la doña. De lejos, secándose un ojo, el viejo le asintió. Creo que fue la primera vez que lo vi sonreír.

El Boby vivía del otro lado, atrás del último rancho, bien al norte, donde nadie quería pisar, porque ahí soplan los vientos que convierten la piel en cartón. Ni un árbol, pura tierra estéril. Así que la única condición era que el chico tomara sus clases inmediatamente después de la escuela y se volviera al cabo de una hora, sin chistar, antes de que cayera la noche cerrada. El Alfredo cumplió a rajatabla. Después, ¡cómo le pesaría el juramento! Porque dejar sus clases, la guitarra y al Bobby era peor que despedirse de una novia a la que no la dejan andar con uno.

El primer día lo acompañamos con el viejo. Hombre de rostro cerrado y gesto triste, nos atendió en la puerta del rancho de paja, madera y adobe. Tenía una especie de alero donde había puesto dos troncos enormes para sentarse y en el centro unas piedras acomodadas de manera circular. Era el lugar para el fogón donde le daría las clases al negro.

De muy pocas palabras, los hombres  fijaron el pacto y se saludaron de lejos. Quedaba claro que si bajaba el rendimiento escolar se suspendía todo.

Nos despedimos sin habernos sentado ni tomado el mate que no nos convidó. Ell negro estaba en otro mundo.Miraba la guitarra como nunca más lo vi mirar a nada ni a nadie

De vuelta para la casa le pregunté al viejo por qué el Boby vivía tan lejos de los otros ranchos. Me dijo que después de la muerte de la Gladys se había construido esa cueva, y vivía como un  penitente. De eso ya hacía como quince años.

Una esposa y una hija se le habían muerto al Boby ahogadas en el río. Tengo mis razones para no decir cuál.

Nosotros estábamos acostumbrados a hablar de muertos con el Alfredo, así que nunca nos dio miedo la historia del Bobby. En el pueblo hablaban de una maldición. A decir verdad,  nosotros no creíamos en esas cosas. Y tampoco sentíamos pena por la muerte de la hijita. El hombre solo con una criatura, no se arregla bien por estas latitudes

Así fue que en esos años  el negrito aprendió tan rápido que daba miedo y le pidió al viejo que lo deje hacer unas changas en el pueblo para poder ahorrar y comprar una guitarra usada que le habían ofrecido por ahí. Lo dudó un poco pero al tiempo aflojó, porque no soportaba verlo triste al Alfredo, aunque ya empezaba a sentir los celos por su relación con el Boby.

La vieja decía que ese hombre era roñoso y descuidado y que por eso  siempre volvía con ese olor en la ropa.  Ella no lo decía de celosa sino de jodida nomás. El Alfredo le murmuraba por lo bajo que  era el olor dulzón de una madera amarilla que al Bobby le gustaba tanto quemar. Y que durante la clase lo mantenía encendido y el viento se lo ponía en la ropa, en el pelo, y a veces hasta en la voz.

 

Por ese entonces, en ese año del que hablé, el negro y yo teníamos diez y siete años.

Los viejos, que cada vez se hacían más viejos y menos fuertes, rumbearon para Paysandú, como caseros en una estancia. Mientras pudieron,venían cada quince días a traer algo de ropa que los patrones le regalaban para nosotros. Y a ver si el rancho seguía en pie con los muchachos a cargo.

Yo nunca le dije al viejo que el Alfredo ya no cumplía con lo pactado y se quedaba a veces toda la noche a tocar y cantar a la intemperie allá, en lo del Bobby. Un poco porque yo no soy bocón y otro poco porque había empezado a tener una noviecita, la Nancy, con la que pasábamos algunas tardes haciendo lo que hacen los novios. Mi amigo iba y venía sin molestar, como era él. Estaba cada vez más aquerenciado con el Bobby, con el que había preparado un repertorio muy aplaudido en sus cada vez más famosas presentaciones.

Como dije antes, ese año estuvo bravo. No se sabe por qué, la cuestión es que no llovía ni para juntar un balde cada tanto. Un domingo, antes de prepararse para volver a la estancia, al viejo se le ocurre preguntarle al Alfredo si el Bobby ya había desmalezado el terreno de alrededor del rancho. No sé qué se le dio ese día por preguntar al hombre.

El Alfredo le dijo que no, que le iba a decir, así podía mojar un poco el suelo para bajar las temperaturas y dormir mejor. Aunque el Boby, dijo, no dormía nunca. Y que estaba feliz de que no lloviera, y que no le importaba nada el calor de ese verano. Y que la noche pedía guitarras, canciones y chispas amarillas y rojas en el aire. A mí me pareció tan lindo lo que dijo que le sugerí que hiciera una canción.

¿Así que usted se queda a la noche en lo del Bobby?, le preguntó la vieja. Brava y ladina, sacando de mentira verdad. El negro bajó la cabeza, haciendo de cuenta que todavía tenían alguna autoridad, pero los viejos se rieron y se fueron en paz.

El Alfredo ya andaba por otros pueblos contratado en los boliches para cantar sus canciones, con esa voz de otro que no dejaba alma en pie.

De vez en cuando nos cruzábamos alguna noche después de que la Nancy se fuera y antes de que él saliera para hacer sus presentaciones… y chupábamos para el desmayo. Yo no tanto, pero él ya venía entonado desde lo del Boby, al que veía por lo menos día por medio. Y después la seguía en los boliches hasta la madrugada.

Resultó que se le dio una “gira”, como dicen los artistas, y por tres días anduvo ausente del pueblo. El estado en el que llegó la noche de aquel lunes, lo hizo tumbar vestido y todo, boca abajo en el catre. Cuando llegué a las siete de la tarde del día siguiente lo encontré en la misma posición, cabeza abajo, con el brazo derecho colgando y tocando el piso.

Le hice unos mates y lo desperté para conversar. Al fin y al cabo él era un cantor al que le pagaban y todo, y de a poco se iba haciendo famoso y hasta le habían ofrecido ir para Montevideo a grabar un disco.

Comimos alguna cosa entre charla y charla, me preguntó por la Nancy, se lavó un poco y se volvió a dormir. Dijo que al día siguiente le iría a contar al Bobby, pero esa noche estaba fundido. Yo me despedí hasta el otro día a la tarde, porque tenía una changa muy temprano en lo de don Uberto.

Me cuentan que salió casi al mediodía rumbo al rancho del Bpbby, como para el almuerzo, contento de llevarle las buenas noticias y un salame que había comprado para festejar. El alcohol, ya sabía, lo ponía el amigo.

A poco de llegar,el viento lo recibió con el fuerte olor de la madera que quedaba hecha brasa después de arder en la noche. Le llamó un poco la atención ese  silencio de más que percibió.

Apuró el paso, más angustiado que contento, aunque no entendía por qué. El bruto no sabía que a eso se le llama presentimiento.

Y lo que vio fue los restos del rancho, Y a unos metros, como salvada por un ángel, la guitarra. Seguro que el Bobby la arrojó lo más lejos que pudo cuando se dio cuenta. Y ahí quedó. Huérfana.

El viento hacía volar todavía algunas hojas escritas. El negro reconoció su letra y los dibujos de los acordes con los que aprendió a tocar.

Y después no vio más nada porque las lágrimas no lo dejaron.

                                                                                                    Gloria Alrá

                                                           

 

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