¡Ay! ¿Cuándo volverán
la flor a la rama
y el olor al pan?
Es de noche en Hiroshima. Noche
de verano a orillas del río Ota. Un cielo profundo y negro explota de estrellas
mientras la suave voz de la señora Chiyoko invita a un grupo de muchachas a
escuchar la historia de las lámparas de papel de seda, que serán un río de
color y luz sobre el río de agua. Las niñas la miran en ese silencio oriental
tan distinto al del resto del mundo. Esa ciudad también es distinta al resto
del mundo.
Son menudas como ella lo fue a sus 13 años, cuando caminaba con otras
niñas hacia la escuela, a las 8 de la mañana del día 6 de agosto. Un día como
hoy hace muchos años.
Sus ojos casi ciegos se miran a sí misma con un uniforme azul, medias
blancas recién estrenadas y un moño dorado que prendía el mechón de su cabello
negro, lacio. Kayco se lo acaricia, mientras le dice que es del color más
brillante del mundo.
Las calles de Yacobacho siempre están limpias y luminosas. En cada
esquina se reúnen grupos de niños y niñas que se encuentran para seguir juntos
el camino de sus escuelas. Son jóvenes muy tímidos que se asoman a la primera
juventud. Chiyoko tiene aún un cuerpo pequeño y no se ha desarrollado, pero no
siente vergüenza. Ya habrá tiempo, se dice, para que antes de los 25 años
consiga concretar un buen matrimonio y planear una cierta cantidad de hijos que
desearía tener..
La pequeña Azumi la vuelve al presente frente al río acariciándole
suavemente el brazo lleno de cicatrices, con delicadeza pero sin aprehensión.
La anciana entonces inicia un relato que cautiva la atención del grupo. Están allí porque el
Memorial de las Lámparas Flotantes lleva consuelo a las almas perdidas en
aquellos días. La celebración extiende la fiesta de Obon, cuya tradición dice
que el espíritu de los seres amados perdidos regresa entre los días 13 y 16 de
agosto cada año, momento en que las familias viajan al pueblo de sus
antepasados para encender los ogara, antorchas
caseras con cáñamo y aceite. La señora Chiyoko pregunta a las niñas si conocen
la historia. Ellas no solo lo saben por pertenecer a familias que conservan la
tradición japonesa de la festividad, sino porque acceden a Internet cuando
quieren y escriben en sus aulas redacciones sobre el tema cada año. Pero nada
reemplaza el relato en la voz de la anciana. Sin tener siquiera que consultarlo
entre sí, todas contestan negativamente. Que no, que no la conocen, que por
favor les cuente.
Chiyoko retoma feliz la historia: esas antorchas guían a los muertos
para que no equivoquen el camino de regreso a sus hogares. Ellos surcan los cielos
en caballos y pueden perder el rumbo o pasar de largo. Como si el viento
estuviera escuchándola, todo el grupo siente una brisa breve, pasajera, suave y
fresca que alivia del calor de este verano.
Ahora Chiyoko se encuentra rodeada de madres llevando de la mano a los
niños de primer año de escuela. También reconoce a un par de muchachitos que
dejan de empujarse y reír entre ellos para dejarlas pasar con una reverencia.
Chiyoko y Kayco, su mejor amiga, bajan
la cabeza con risa nerviosa y alisan el
uniforme con un gesto automático. También planean comprar unos dulces en el
negocio del señor Isamu que ya está levantando sus cortinas metálicas. Dos
mujeres altas y muy bien peinadas pasan por delante de las amigas y las
escuchan hablar de sus posibles futuros matrimonios. Kayco dice que una de ellas le parece bastante
mayor de los veinticinco años que son el límite para comenzar a llamarlas
“solteronas”. Chiyoko ríe y le dice que no se burle, porque tal vez ella no consiga
arreglar un buen matrimonio y la que quede soltera y vieja sea ella . Su amiga
le da un pequeño empujón y ambas disfrutan el momento de gracia que comparten.
Son felices de tenerse, dicen al unísono.
La niña sentada a la izquierda de la señora Chiyoko, le pregunta
suavemente si se ha quedado dormida. La anciana sonríe y les pide disculpas.
Que son sus años los que la obligan a descansar por breves momentos. Retoma
entonces el relato: les decía que llegan a caballo y para que se vayan
lentamente y sea menos doloroso despedirlos para las familias, se van montados
en vacas y dicen adiós hasta el siguiente año. La diferencia con la ceremonia
de las lámparas es que todos saben que esas almas ya no volverán. Y las luces
representan el homenaje, el consuelo para quienes quedaron… y el adiós.
El silencio de pronto es ensordecedor y la señora Chiyoko se encuentra
nuevamente en la calle de su barrio, a pocas cuadras de la escuela.
Su amiga le señala la oscuridad repentina del aire con un gesto en sus
ojos qué será lo último que Chiyoko vea antes del viento.
Nadie entiende por qué un calor imposible para esa hora de la mañana ahoga
a niños y ancianos antes del estruendo.
Chiyoko sabe de huracanes y tifones. Los ha estudiado en la escuela y
ella es una de las mejores alumnas, y por un momento cree estar siendo
arrastrada por esos fenómenos naturales que le dan tanto temor. Segundos
después pensará que se trata del infierno del que hablan los cristianos, hasta
que pierde el conocimiento después de caer dentro de un sótano cuyas ventanas
rotas se encuentran a ras de la acera.
Las niñas a su alrededor comienzan a encender las lámparas y el olor de
las velas despierta nuevamente a la mujer.
Las felicita y les agradece por haberla escuchado. Y mientras juntan sus
pequeñas manos cierran los ojos y dicen en silencio una pequeña oración.
El río se llevará las luces, pero nunca el recuerdo.
La anciana señora Chiyoko es una sobreviviente, una irradiada, una hibakusha que jamás pudo volver a soñar
en casarse y mucho menos aspirar a tener una familia que la recuerde algún día
en la fiesta de los antepasados.
Cuando consigue escuchar el grito desesperado de Kayco , Chiyoko se levanta con mucha dificultad
tanteando el aire. El paisaje se ha vuelto una niebla espesa a su alrededor
hasta que la mano de su amiga la rescata. Juntas están en la calle caminando
sin rumbo entre fantasmas. Tienen los brazos extendidos a la altura del corazón
y las figuras deformes y oscuras se desgarran y llaman a quienes han perdido.
Su amiga se desprende de su mano y con un gesto de dolor que jamás olvidará,
busca el agua del río para aliviar el fuego que empieza a sentir. Chiyoko ya no
ve mientras escucha por última vez su voz y el ruido de sus cortos pasos
agitados hasta perderse en la masa informe de sonidos en la que se ha
convertido la ciudad de Hiroshima el 6 de agosto de 1945.
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