Música de las palabras
La música
de las palabras.
¿Cómo
escribir lo hablado?
¿Cómo se
traduce la oralidad en palabras articuladas en un papel? ¿cómo conseguir con un
texto el tono, el ritmo, el sonido de una voz que narra?
Los
recursos tímbricos y expresivos de la palabra hablada, que muestran las
variaciones del mismo sujeto durante el relato, no son los que tenemos al
escribir.
Pero es
cierto que tenemos los que hacen posible que no sea lo mismo el relato de un
vuelo cuando suena el aire entre sus alas abiertas al cielo, que describir la
mecánica del mismo como lo haría un diccionario.
La música
de la voz que narra precisa de un ajuste tal en lo escrito, que pone a prueba
el acto creador a partir de esa nada que es la ausencia del sonido.
Hay también
entonces otra dimensión, abordando el asunto del que se trata como si fuera una
banda de Moebius. Partir del texto
escrito.
Leer en voz
alta un relato, por ejemplo, prestarle voz, hace surgir la acción misma.
Si un texto
lo consigue, los sentidos se deslizan silenciosos en el misterio de una
construcción gramatical de la que no podemos dar cuenta hasta que nos detenemos
a analizarla, una vez recuperados de su
seducción.
A veces,
hay textos tan musicales que los escuchamos mientras los estamos leyendo. Los
sonidos se cuelan sin permiso y hasta parece que los pudiéramos bailar.
Otras, una
sordidez pesada, una oscuridad de tinieblas se asienta en el papel y nos
sobrecoge en el sillón como si escucháramos tronar ferozmente.
Siempre hay
una voz.
Cuando
consigue abrirse paso entrelazada con las oraciones, los puntos y las comas,
consonantes y vocales y diptongos, formando metáforas y equívocos que abren a
sentidos infinitos…esa voz resuena, estalla, susurra. Nos habla de la subjetividad
del protagonista, de sus emociones, sus sentimientos, su tiempo.
Habremos
logrado, entonces, que la frontera entre lo oral y lo escrito se desdibuje,
como en la playa, en el litoral, donde el mar y la tierra se combinan sin
rigidez. Como en una danza.
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