Traicionar
-Te juro
que no sabía, me dijo. Que jamás lo había imaginado, que nada le había hecho
sospechar lo que le estaba diciendo.
La cité en
la vereda en un bar de Cañitas, al sol de los primeros días de verano, a una
semana de lo del río. Ella aceptó enseguida, pero me advirtió que no tenía
mucho tiempo. Llegó cinco minutos más tarde. No me pidió disculpas, como
siempre. Olía a su perfume de fresias, dulce pero delicado. Mi preferido.
- Qué
incómodas son, murmuró con un gesto de fastidio mientras acomodaba la espalda
para que no se le arrugara la blusa. Yo
apenas pude tomar un poco del jugo que me había pedido, como esperando su
respuesta a mi mudo reclamo.
-¿No te
parece que deberíamos haber ido a otro bar? Acá es un quilombo de gente…¡por
favor!, dijo.
-Lo que no
me parece es que te hagas la boluda con lo que tenés que explicarme, le dije.
Al final tuve que hablar.
-Pero ¿qué
querés que te explique, amiga?.
Yo no podía
creer la carita de inocencia con la que me preguntó. Estaba realmente radiante
y yo sabía por qué. Aunque tal vez la culpa la tuvo Fefe que no se pudo
resistir y de verdad ella no se dio cuenta de nada. Pero ¿por qué no me lo
dijo?.
Cuando
levantó los hombros se le deslizó un bretel. Lo dejó así, displicente, sensual.
Llega Fefe
vestido con el jean de siempre, la remera de casi siempre y saluda en general,
con el gesto circular de la mano derecha. Ella se estira, apenas sonríe, se
abraza las piernas y se mira los zapatos. Se lo saca (¡se lo saca!) y muestra
esos piecesitos de japonesa, con las uñas arregladísimas, de color rojo. Se
acuesta boca abajo, toda estirada, con las manos enmarcando la cara y los codos
apoyados en un almohadón verde. Las piernas dobladas, casi tocándose el culo.
Tiene muy buena elongación y un culo parado, perfecto. Arruga la nariz para
decir hola. Es un mohín delicioso, ella lo sabe. Tenemos veintisiete años.
-Pero ¿qué tiene de malo, amiga?. Se me pasó. ¡Tampoco es tan grave! Me quería comentar algo de la facultad, si sabés que él está cursando lo mismo.
Por un
momento pensé que era yo la mal pensada. Pero siempre nos habíamos contado
todo. ¿Por qué justo eso no?
-¿Así que
no te imaginabas que yo seguía estando hasta las tetas con Fefe?, le dije. La
volví a mirar fijo, estaba realmente hermosa esa tarde.
-Ay, qué
caballero- dice Clara- pero ¿cuándo vas a aceptar que las chicas podemos hacer
muchas cosas solas? Fefe se ríe y dice “perdón,
perdón”.
Quiero
acercarme y apurarlo un poco, porque espero que alguna vez me preste atención,
pero ya no como su amiga íntima.
Ella se
levanta y deja caer el bretel de la blusa. Deja ver una pierna haciendo un
movimiento, como si se le hubiera enredado la pollera. Por fin él la mira. Ella
hace el primer comentario, “no sé cómo
hacen las mujeres hindúes con estos trapos”, y la levanta más. Él me mira a mí y yo como una
estúpida me río y pienso que le estoy dando permiso o lo habilito.
-Esa es mi
amiguita desde la escuela primaria -digo.- Siempre quejándose de algo.
-Vos no me
critiques, que los años de amistad no te dan derecho, me dice jugando a la
ofendida.
-¿Qué, qué?
¡Decilo!, le grité.-¿Qué cómo iba a soñar siquiera que se pudiera fijar en mí,
que soy una negrita cualquiera a la que nadie le da bola?.
No quería
llorar pero las lágrimas me reventaban en los párpados. Los ojos se me nublaban
de odio. Ella se soltó el pelo porque dijo que le dolía tenerlo atado tanto
tiempo y me buscó la mano sobre la mesa. Quería consolarme, puso cara de
afligida y hasta me pareció que iba a llorar porque los ojos le brillaban y las
pestañas se le alargaron al infinito. Tenía pintada la boca de rosa nacarado,
las uñas del mismo tono y las manos increíblemente suaves.
Recuerdo
que mi mamá me lo hizo notar desde el primer día en que vino a casa a hacer los
deberes.
La música
está muy fuerte. De pronto me miran los dos y se miran entre sí. Bajan la
cabeza y él se va al baño. A ella la llama Raquel y entonces no me acerco. Se
las ingenian para huir de mí.
Hablaba con
un tono tan dulce que me aflojé y bajé
la guardia.
- Te digo
la verdad… es que yo no lo veo para vos. Nunca lo ví, te juro. Es un pibe muy
conflictuado, como todos los intelectuales ¿viste? ¡Tampoco es que vale tanto!
Siempre pensé que lo veías como un tipo
fachero, sí… pero de ahí a que quisieras algo con él, juro que nunca.
Me pareció
sincera. Pero ¿por qué sentía que me había traicionado?
Yo le había
revisado la cartera cuando llegó del río esa noche a la casa de Raquel. Tenía
un chocolate sin abrir, el dibujo de un corazón y la firma con una F en un
papelito que decía “gracias divina''. Si
de verdad no sabía lo que a mí me pasaba con Fefe ¿era culpable de que él se
enamorara de ella, de su belleza salvaje y su voz angelical?
Me pidió
que no llorara, “un chongo no nos puede
separar” . Y yo pensé que sí, claro que nos va a separar. Porque empezó a mirar el reloj y a despedirse, que
se le había hecho tarde, que la perdone, cuando nunca me había dejado en ese
estado en todos los años que nos conocemos, que estamos juntas, que nos juramos
no traicionarnos jamás, que estábamos unidas para siempre por el pacto de
sangre que hicimos a los quince en el baño de mi casa…
Me “tiró” un besito porque no se quería
despeinar. Se arregló la chalina y le ví la sombra celeste en los ojos. Claro
que nos va a separar. La vi sonrojarse por la vergüenza. Se dio cuenta de que
yo sabía por qué no se quedaba conmigo. Se acomodó el pelo una vez más, estiró
la blusa, se subió el bretel, se dio vuelta lentamente y me dio la espalda. Y
se fue como vino, envuelta en los vapores luminosos que nublaban mis lágrimas.
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