Traicionar

 

-Te juro que no sabía, me dijo. Que jamás lo había imaginado, que nada le había hecho sospechar lo que le estaba diciendo.

La cité en la vereda en un bar de Cañitas, al sol de los primeros días de verano, a una semana de lo del río. Ella aceptó enseguida, pero me advirtió que no tenía mucho tiempo. Llegó cinco minutos más tarde. No me pidió disculpas, como siempre. Olía a su perfume de fresias, dulce pero delicado. Mi preferido.

                                                                   

 La veo atravesar la arena blanca con su vaporoso vestido azul, esas telas que no sé de dónde saca, plagada de destellos turquesa, con la piel desnuda de sus brazos, como recién salida del mar. Es final de verano en las playas de Punta del Diablo. Todas la miramos con envidia mientras tomamos mate que ella no acepta. Saca el agua mineral del bolso con lentejuelas que usa cada vacación. Siempre nos vamos en grupo, somos nueve.


 Le dije que ni ella ni yo éramos tontas. La miré con el ceño apenas fruncido, tampoco quiero tener arrugas tan pronto. Ella no tiene ninguna. Tomó su café sin apuro, sin mirarme, pero sabiendo que yo tenía los ojos clavados en los suyos, color miel. Después se recostó en la silla del bar.

- Qué incómodas son, murmuró con un gesto de fastidio mientras acomodaba la espalda para que no se le arrugara  la blusa. Yo apenas pude tomar un poco del jugo que me había pedido, como esperando su respuesta a mi mudo reclamo.

-¿No te parece que deberíamos haber ido a otro bar? Acá es un quilombo de gente…¡por favor!, dijo. 

-Lo que no me parece es que te hagas la boluda con lo que tenés que explicarme, le dije. Al final tuve que hablar.

-Pero ¿qué querés que te explique, amiga?.

Yo no podía creer la carita de inocencia con la que me preguntó. Estaba realmente radiante y yo sabía por qué. Aunque tal vez la culpa la tuvo Fefe que no se pudo resistir y de verdad ella no se dio cuenta de nada. Pero ¿por qué no me lo dijo?.

Cuando levantó los hombros se le deslizó un bretel. Lo dejó así, displicente, sensual.


 La veo sentada en el piso sobre un par de almohadones que hasta hacen juego con la remera de bambula y la pollera hindú. Desde chica se sienta así, con las piernas cruzadas en posición de loto.

Llega Fefe vestido con el jean de siempre, la remera de casi siempre y saluda en general, con el gesto circular de la mano derecha. Ella se estira, apenas sonríe, se abraza las piernas y se mira los zapatos. Se lo saca (¡se lo saca!) y muestra esos piecesitos de japonesa, con las uñas arregladísimas, de color rojo. Se acuesta boca abajo, toda estirada, con las manos enmarcando la cara y los codos apoyados en un almohadón verde. Las piernas dobladas, casi tocándose el culo. Tiene muy buena elongación y un culo parado, perfecto. Arruga la nariz para decir hola. Es un mohín delicioso, ella lo sabe. Tenemos veintisiete años.


 -Explicame por qué fueron al río los dos solos y no me contaste, le dije.

-Pero ¿qué tiene de malo, amiga?. Se me pasó. ¡Tampoco es tan grave! Me quería comentar algo de la facultad, si sabés que él está cursando lo mismo.

Por un momento pensé que era yo la mal pensada. Pero siempre nos habíamos contado todo. ¿Por qué justo eso no?

-¿Así que no te imaginabas que yo seguía estando hasta las tetas con Fefe?, le dije. La volví a mirar fijo, estaba realmente hermosa esa tarde.

 Fefe entra a la casa de Clara y deja la botella de vino en la mesa. La saluda por el cumpleaños y dice algo así como “llegué más temprano para ayudar, por si necesitan”.

-Ay, qué caballero- dice Clara- pero ¿cuándo vas a aceptar que las chicas podemos hacer muchas cosas solas? Fefe se ríe y dice “perdón, perdón”.

Quiero acercarme y apurarlo un poco, porque espero que alguna vez me preste atención, pero ya no como su amiga íntima. 

Ella se levanta y deja caer el bretel de la blusa. Deja ver una pierna haciendo un movimiento, como si se le hubiera enredado la pollera. Por fin él la mira. Ella hace el primer comentario, “no sé cómo hacen las mujeres hindúes con estos trapos”, y  la levanta más. Él me mira a mí y yo como una estúpida me río y pienso que le estoy dando permiso o lo habilito.

-Esa es mi amiguita desde la escuela primaria -digo.- Siempre quejándose de algo.

-Vos no me critiques, que los años de amistad no te dan derecho, me dice jugando a la ofendida.

 -Con Fefe pegamos buena onda siempre, pero solo buena onda, olvidate. Y la verdad es que yo pensé que lo tuyo era… qué sé yo.

-¿Qué, qué? ¡Decilo!, le grité.-¿Qué cómo iba a soñar siquiera que se pudiera fijar en mí, que soy una negrita cualquiera a la que nadie le da bola?.


No quería llorar pero las lágrimas me reventaban en los párpados. Los ojos se me nublaban de odio. Ella se soltó el pelo porque dijo que le dolía tenerlo atado tanto tiempo y me buscó la mano sobre la mesa. Quería consolarme, puso cara de afligida y hasta me pareció que iba a llorar porque los ojos le brillaban y las pestañas se le alargaron al infinito. Tenía pintada la boca de rosa nacarado, las uñas del mismo tono y las manos increíblemente suaves.

Recuerdo que mi mamá me lo hizo notar desde el primer día en que vino a casa a hacer los deberes.


 Van llegando los invitados de a dos, de a diez, hasta que pierdo de vista a Fefe. En realidad nunca lo veo solo. Quiero alcanzarle una cerveza y hablarle. Ella  está de espaldas, se saca la vincha y sacude el pelo larguísimo y sedoso moviendo la cabeza hacia atrás para que le caiga libre hasta la cintura. Es una tentación tocarlo, y veo cómo disimuladamente Fefe se acerca y lo acaricia mientras le dice una frase que no escucho y ella se ríe con esa sonrisa brillante y cantarina

La música está muy fuerte. De pronto me miran los dos y se miran entre sí. Bajan la cabeza y él se va al baño. A ella la llama Raquel y entonces no me acerco. Se las ingenian para huir de mí.


 -Pero ¿cómo vas a decir eso, amiga?- me dijo, apretándome la mano entre las suyas- Si vos sos una persona hermosa y cuando querés ¡tenés toda la onda!.

Hablaba con un tono tan dulce que  me aflojé y bajé la guardia.

- Te digo la verdad… es que yo no lo veo para vos. Nunca lo ví, te juro. Es un pibe muy conflictuado, como todos los intelectuales ¿viste? ¡Tampoco es que vale tanto! Siempre pensé que  lo veías como un tipo fachero, sí… pero de ahí a que quisieras algo con él, juro que nunca.

Me pareció sincera. Pero ¿por qué sentía que me había traicionado?

Yo le había revisado la cartera cuando llegó del río esa noche a la casa de Raquel. Tenía un chocolate sin abrir, el dibujo de un corazón y la firma con una F en un papelito que decía “gracias divina''. Si de verdad no sabía lo que a mí me pasaba con Fefe ¿era culpable de que él se enamorara de ella, de su belleza salvaje y su voz angelical?

Me pidió que no llorara, “un chongo no nos puede separar” . Y yo pensé que sí, claro que nos va a separar. Porque  empezó a mirar el reloj y a despedirse, que se le había hecho tarde, que la perdone, cuando nunca me había dejado en ese estado en todos los años que nos conocemos, que estamos juntas, que nos juramos no traicionarnos jamás, que estábamos unidas para siempre por el pacto de sangre que hicimos a los quince en el baño de mi casa…

Me “tiró” un besito porque no se quería despeinar. Se arregló la chalina y le ví la sombra celeste en los ojos. Claro que nos va a separar. La vi sonrojarse por la vergüenza. Se dio cuenta de que yo sabía por qué no se quedaba conmigo. Se acomodó el pelo una vez más, estiró la blusa, se subió el bretel, se dio vuelta lentamente y me dio la espalda. Y se fue como vino, envuelta en los vapores luminosos que nublaban mis lágrimas.

 

 

 

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