Mi pequeña vida
Sabañones. ¿Saben cómo duelen los dedos de los pies cuando se sumergen en agua caliente? Yo tenía sabañones ese primer invierno en la nueva casa suburbana, en medio de un desolado paisaje semiagreste, semi poblado. La casa, aún sin terminar, tenía las paredes frías y húmedas de cemento reciente y la calefacción brillaba por su ausencia.
El gas venía encerrado en tubos enormes y nunca se sabía cuándo se terminaba. Ahorro, privación, de vez en cuando alguna alegría, la más de las veces, una austeridad monástica. Tres inviernos completos viví en esa casa al tiempo en que se instalaba el clima que precedería a la dictadura. Vivir allí fue muy difícil para alguien que empezaba a querer una vida extramuros de la familia numerosa: había que volver temprano y de lugares lejanos. Había muy pocos transportes y la mayoría dejaban de circular a medianoche.
Yo sentía una cárcel dentro de otra, como anillos concéntricos presididos por el católico “la caridad bien entendida empieza por casa” que rezaba mi madre, desesperada, creyendo que no conocía la segunda parte con la que yo completaba mentalmente la sentencia: “pero no termina en casa”. Y me iba y volvía. Y me esperaba despierta detrás de la puerta para el disimulado sermón moral tras el discurso del peligro en la calle. El peligro. Yo supe leer de inmediato que el sexo era el peligro. Por prohibido, por maravilloso, vivificante, feliz, dulce, doloroso, intrigante, alegre, misterioso, mágico, violento. Y me iba. Y me fui un día y volví con un hijo dentro de mí sin saberlo, pero temprano, antes del atardecer, como ella quería.
La casa nueva- así la llamamos- tenía dos plantas y siete personas con ánimo de habitarla sin dejar un resquicio para mi avidez de soledad. Nada había sido decidido por mí: ni el color de las cortinas, mucho menos del de la alfombra, el tamaño del escritorio, el color de la biblioteca. De todos modos estuve a gusto algún domingo al atardecer en el balcón del cuarto de mi único hermano varón, donde miraba el cielo y los árboles y tocaba la guitarra y lloraba por anticipado la pérdida de un amor que aún no había tenido.
El primero de mayo fue el día del último tramo de la mudanza. Ya no volveríamos a la casa vieja y descuidada, en aquel barrio industrial, feo pero cercano a los amigos, a la escuela. Después del asado (¿era domingo o día de semana, feriado?) seguí con la tarea de limpieza que se me había encomendado: cepillar los ladrillos del piso del quincho. Mientras papá terminaba de limpiar la parrilla, la radio seguía encendida de fondo, de banda de sonido de aquel momento de la vida. Aquella canción que se dejó escuchar se llamaba Canción para mi muerte. Y me atravesó inexplicablemente. Sé que después nada fue igual.¡Tanto se inauguraba para mí ese día y tanto tiempo me iba a llevar saberlo!
De vuelta a los sabañones de aquel día de Julio, sábado de la tarde oscura de invierno en que mis pies doloridos aguantaron la inmersión, me veo con 17 tiernos años dándome el último baño de soltera. Recuerdo la conciencia que tuve de ese hecho y la emoción de saber que ya no tendría que rendirle cuentas a nadie sobre la vida que había decidido llevar.
Miré a mi alrededor: era el baño en suite de mis padres. Yo tuve el extraño privilegio esa tarde, porque después ellos se despedirían de mí teniendo que soportar de un salto mi paso por sus vidas. Tal vez desesperada, mi madre me cedió la bañera que simbolizaba el mundo adulto al que sentía que yo debería pertenecer después de esa noche. Mis dolores como madre fueron otros. Sé que algo terminó ese día entre nosotras dos y mis hijas no heredaron la cruz sobre el sexo, la alegría de comer, el amor. Salí del baño. Una amiga me ayudó a peinarme el cabello y darme unos toques de rubor, para qué más. Ella está muerta hace tiempo. Su mamá me hizo el vestido de novia del que no se me permitió elegir ni un detalle. Mi sueño de casarme con una túnica azul quedó enterrado en la tumba de mi infancia cautiva.
Ya sé que después de esa noche, la libertad que sentí arrasó con otras voluntades, que arrastré sin piedad y con la certeza del deseo en común a muchos de los que me rodearon. Fui brutal, adolescente a bocanadas, feliz pero inconsciente, ingenua en mi alegría, ignorante por exceso de entusiasmo en mis planes.
Nunca más tuve sabañones. Y siete meses después nació mi primer hijo, al que recibí en mi mundo de amor, en la vida que quise repetir cuatro veces más. De eso jamás voy a pedir perdón. Jamás voy a arrepentirme.
Que los otros hagan lo que quieran, como siempre.
Cuando anoche imaginaba en cómo terminar este relato pensé en los sabañones, en esos pies fríos y mi corazón en llamas.
Ellos resumen un tiempo de aquélla, mi pequeña vida
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