Nuestro

Cada tanto y sin ningún motivo aparente, se me da por caminar por largos trayectos en la ciudad. 

Esta vez volvía de la casa de una hermana a casi siete kilómetros de la mía, en ojotas. No parecía una buena idea, pero la noche empezaba a tener ese aire amigable que me llevaba sin ningún esfuerzo. No necesité apresurarme, no necesité llegar a ninguna hora prescripta y fue muy fácil salir de la avenida donde la hostilidad del sonido empujaba el paso, lo aceleraba. 

Pronto las suaves colinas del barrio Rivadavia se llenaron de silencio, de empedrados que los autos esquivan y de árboles verdes, saludables. Vagar, pensé, que morosidad, qué dulce sensación. Podía recorrer con la vista agradecida esas casas suntuosas y demasiado grandes para generarme envidia. Suelo pensar en el trabajo que dan para mantenerlas y limpiarlas y me quedo con la tranquilidad de mi pequeño hogar conocido y accesible a mis ganas y mi energía. Esa casa del Bajo Belgrano que alguna vez fue nuestra y ahora es solo mía.

Era la hora bisagra entre el atardecer y la noche, donde la gente sale a correr o a pasear a su perro antes de guardarse. También la hora en la que algunos jóvenes se sientan alrededor de una mesa en la vereda para charlar entre amigos y tomar la religiosa cerveza helada. También  la hora en que los hombres cierran las puertas del auto y entran en la casa después de haberlo lavado. En esas  casas  ya se han encendido las luces.

Desde hace años me siento acunada por ese tiempo dulce de la caída de la luz los domingos de verano. Se abre un portal y estamos caminando juntos, llevando al bebé en el cochecito, dormido. Allí está esa casa frente a las vías que me señalabas soñando con que algún día podría ser nuestra. Qué tontería, pensaba en aquel entonces. Imposible, pensaba en aquel entonces. Sigue del color rosa colonial, llena de plantas vigorosas, limpias las ventanas y el balconcito de la planta alta bajo el techo a dos aguas. Algo me humedece los ojos al recordar tus palabras, tus brazos, tu suave alegría.

La secuencia del paseo, aunque prevista, no me ahorró nuevos mareos al pasar por los lugares donde los hijos estuvieron. Cruzar memorias y pensar en sus pasos, en los míos de ese momento, en esas mismas calles hace tanto tiempo. Me dio un vértigo, un dolor, una felicidad, una nostalgia, una rebeldía y unas ganas de morir. La escuela pública que organizaba asaltos vespertinos para chicos de 12 años ávidos de salir de casa, huir de la familia, seguía en el mismo lugar. 

Caminaba, desaceleraba mi paso en ojotas que empezaban a molestar. Me acomodé la del pie derecho y decidí cruzar, pero del otro lado de la vía por el que deliberadamente no quise caminar latía intacta, intocada, débil, la noche de los aritos. Tu declaración de amor. El farol y el banquito rústico de madera donde nos sentamos y me diste un beso. Aritos de alpaca con arabescos repujados de los que pendían unas velitas de color humo, difuso, entre claro y oscuro, que tintineaban al moverlas con apenas brisa. Nunca tuve unos aros más hermosos, nunca fueron unos aros tan propios. 

Él fue mi amor delicado, nocturno, escondido aún mereciendo toda la luz que en aquellos días no podíamos darle. Ese sendero agreste, artesanal, refugio de nuestro abrazo que caminé sola tantas veces buscando el aire de ese amor, hoy lo estaba evitando para no morir de agradecimiento. Sentí vergüenza al pensar que no lo había honrado, que había sido brutal cuando llegó a su fin y el dolor me desvió la cara hacia la vereda en la que la gente corría, o sacaba a pasear su perro, o le hablaba a algún hijo que había aprendido a andar en monopatín.

Unas cuadras después algo se disipó como cuando te sacan una espina y ya respirás aliviado. Mis pies habían logrado acomodarse y retomaron el rumbo despreocupado de la noche suave.

Muchos años después, a esos aros- símbolos de uno de los momentos más felices de mi vida- se los llevó mi hija, la honrosa heredera de mi joya humilde. Para siempre. Fueron de ella a partir de ese momento. Los entregué, los dejé ir para reencontrarlos en una caminata de las tantas imprevisibles. Volvieron para traer aquél dolor feliz.

Llegué cansada, abrí la puerta de esta que es ahora mi casa. Nunca me olvido de que fue nuestro hogar.

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