Otro cuerpo

Salgo de casa. Mamá me acaba de decir que la ropa me queda mal. Yo escucho que es por gorda. Siempre estoy gorda para mi mamá. Siempre hay algo que disimular con la ropa para que no se vea que soy gorda. Yo aprendo todos los detalles porque quiero que los demás, que a los chicos que me gustan o podrían gustarme, les guste yo. Y para eso tengo que ser flaca como dice mi mamá. Todos los que miran piensan lo mismo que ella. Ni siquiera se me ocurre ponerlo entre signos de pregunta, tan obvia es para mí la ley de esa casa para con las mujeres.

Salgo esa tarde, a pesar de todo. Voy alegre porque me voy, es llegar a la esquina y sentir un viento de libertad. Acelero un poco el paso y voy a encontrarme con él. Tengo diez y siete años.

Caminamos un poco, nos damos la mano, nos damos un beso en la calle como se dan besos los que tienen diez y siete y diez y nueve años. Lo que quienes pasan a nuestro lado ven, no tiene relación con lo que nos pasa. Por suerte no me pregunto si le estoy gustando con esa remera suelta escote en v para disimular las tetas que tengo. El jean que me gusta, el que ha sido reprobado porque me achata la cola y me saca un rollo en las caderas, es fuertemente acariciado por sus manos entusiastas.

Tenemos un calor que no coincide con el mes del año. Estás roja, me dice. Yo me muero de vergüenza y él me mira sonriendo. Tiene una boca tan hermosa y pecas en la nariz.

Me dice vamos a mi casa, creo que no hay nadie. Yo no la conozco y le digo que sí. Todo lo que me propone está bien para mí. Lo único que quiero es estar con él, donde sea. El “cómo” tiene matices, a veces prefiero de una forma más que de otra. Con amigos también está bien, pero cuando estamos solos, es el cielo. 

Vamos a mi casa, me dice. Y parece un nene invitándome a jugar con sus juguetes nuevos.

Entramos. Yo, por primera vez. La voz de mi madre se convierte en humo y empiezo a ser feliz porque siento que, a él, al que me gusta, le gusto. ¿Por qué? ¿Qué mira él que no ve mi mamá? ¿Disimulé tan bien mis defectos que no se da cuenta? ¿O hay otra cosa que soy además de un cuerpo que mi mamá dice que es gordo? También dice que no soy linda, pero como soy simpática parece que compenso ante la gente y consigo que no me rechacen.

Todo representa un enorme esfuerzo porque hay que corregir defectos. Soy un defecto a corregir según mi mamá.

Pero él me da besos cuando entro a su casa y vemos que no hay nadie. Me doy cuenta: él tiene llave de su casa. Yo no.

Querés tomar algo, me pregunta. Le digo que no, que ahora no. Vení, me dice mientras me agarra la mano y me hace subir por las escaleras de mármol, muy anchas. Te muestro mi cuarto, me dice, y abre la puerta de un lugar más bien estrecho pero muy luminoso, con una puerta balcón que da al jardín. Qué lindo jardín, le digo, de verdad. Y él me abraza.

No sabemos qué hacer, pero seguramente a él le habrán contado sus amigos porque noto algo más de seguridad. Yo sé que la primera vez duele y sale sangre porque se rompe algo que me imagino un redondel de goma que tapa el conducto vaginal. Lo leímos con mis amigas. Si esa goma es resistente debe ser muy difícil de romper y, quién sabe, el dolor sea insoportable. Ninguna de nosotras, ni aun las que salen hace tiempo con un novio, se animó a probar. Vamos a un colegio de monjas donde invitaron a una médica para que nos hablara de la menstruación, las toallitas, la frecuencia irregular hasta que las hormonas…no era justamente lo que queríamos saber. Aprovechamos, cuando dijo para qué servía la llamada “regla”, para preguntar lo que nos interesaba de verdad: cómo se hace, qué tiene que pasar, cuántas veces deben tener relaciones los matrimonios para que se considere normal…y la respuesta resultó tan confusa que desistimos. Teníamos mejor bibliografía, gracias, doctora, puede irse.

Acá estoy tendida boca arriba en su cama, con mi remera escote en v y mirando los pósters del cuarto y pensando en que me gustaría tener el mío para mí sola.

Él está muy concentrado, ya no se ríe, dejó de hablarme y lo abrazo. Él me mira por primera vez y levanta los hombros como diciéndome ahí vamos, a ver qué pasa.

No sé cómo los pantalones fueron a parar al piso. No sé mucho de nada de lo que va a pasar, pero no me importa.

Entonces siento algo así como un ardor. No sé qué hacer más que aguantar un poco a ver si pasa algo peor, pero no. Hay mucha luz en el cuarto por más que haya corrido las cortinas, que son blancas. Y después, se terminó. Nos reímos. ¿Esto era? No nos pareció tan sublime ni tan trágico. Quiero contarle a mis amigas.

No hace mucho que, como dice mi abuela, me hice señorita. Recibí la noticia con tranquilidad y casi con alegría: era una de los temas que aún no compartía con ellas. Desde entonces hablo también de “hoy me bajó”, “todavía no se me fue”, “me duró como un mes”, “al segundo día te baja mucho”. Soy de estas últimas, a veces es un enchastre indisimulable, pero nunca me preocupa demasiado y este es el caso en que, se supone que debo esperar una hemorragia que no se produce. Ni me importa ni me deja de importar: un problema que no existe. Tengo que contarles a ellas.

Ahora nos vestimos, los gestos son cotidianos, como cuando después de ducharnos, ya secos, nos disponemos a enfundarnos en los jeans y ponernos las zapatillas. Me doy cuenta de que no me saqué las medias. Se lo digo, se sonríe. Nos miramos y levantamos los hombros. Ambos pensamos que no fue para tanto. Yo sé que él también está apurado para contarle a los amigos, que también son mis amigos. Pero yo soy mujer y corre el año mil novecientos setenta y seis: ¿me dará vergüenza que ellos lo sepan?, lo que no me atormenta tanto como que mi mamá se dé cuenta. 

Las chicas dicen que es lo más difícil de disimular, que las madres se dan cuenta de todo. La mía tiene rayos X y siempre está mirándome. Soy su hija mayor, su primera hija cursando la edad de los despertares que la Iglesia manda controlar de cerca, con todo su poder de policía. Mi madre fue monja de clausura.

No sé cómo enfrentar el momento de entrar a mi casa. Son las seis de la tarde y todavía hay mucha luz de día. Estamos a finales del mes de marzo que marcaría la historia de mi país para siempre. 

Pero ahora él está acompañándome a la parada del colectivo que separa nuestras casas, distantes a poco menos de veinte cuadras una de otra. No me parece necesario que me acompañe y a él tampoco. En realidad, ni siquiera pensamos en esa posibilidad porque cada uno tiene una vida que vivir donde el otro no está. Y porque no somos grandes y todavía no nos han contaminado las reglas de la pareja adulta promedio de la sociedad occidental y cristiana.

Vuelvo feliz por la novedad en mi cuerpo, asustada por lo que me espera, confiada en mis dotes de disimular- en lo que tanto me ha entrenado mi madre- y que ahora usaré a mi favor, contra ella. Ese cuerpo que acabo de vivir, ese otro cuerpo que no importa cuánto pesa, quedará para siempre fuera de su mirada.

Nuestra segunda vez será de noche, también en su cuarto, el 17 de abril y quedaré embarazada de mi primer hijo. Del primer hijo que tuve con él, que nacerá a mis diez y ocho años cumplidos y a sus flacos veinte.


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